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26 octubre 2012 5 26 /10 /octubre /2012 18:17

 

     ...Besos largos y húmedos con sabor a despedida y a nostalgia...

   Katty cruzó las calles del centro de Madrid en dirección a su casa caminando junto al extranjero del lado oscuro y los secretos de Estado, hasta que la sed invadió cada una de las fibras de su cuerpo.  EL BESO INTERMINABLE

    -Vamos a tomar algo, por favor, le pidió . Estoy muerta de sed.

    -No bebo alcohol y no me gustan los bares. Será mejor que compres una botella de agua, si no puedes aguantar hasta que llegues a tu casa, le contestó él, indiferente.

    Entraron en un bar y, ante la negativa de su acompañante a quedarse tomando algo en el local, Katty pidió una botella de agua en la barra. Tardó unos minutos en encontrar unas monedas sueltas en el fondo de su bolso y se sorprendió de que el brasileño no hiciera el más mínimo amago de invitarla, pese a tanto dinero como presumía tener. EL CABALLERO MISTERIOSO Salieron de nuevo al exterior. Andando y andando abandonaron las calles estrechas y bulliciosas y alcanzaron una de las avenidas principales de la ciudad, donde las voces de la multitud se trocaron por el ruido del tráfico. Coches y coches que pasaban a gran velocidad, mientras ellos permanecían entregados al paseo y a su silencio. Por fin, se adentraron en el barrio de clase alta donde se encuentra el apartamento de Katty, con sus calles limpias, sus fachadas restauradas y sus jardines cuidados con esmero.

      besos rosa-roja.jpg

    Cansada de caminar sobre sus altos tacones, ella se sentó en un banco y el hombre aprovechó para arrancar una rosa roja de un parterre y entregársela con un gesto tierno. Katty le dio las gracias con su encantadora sonrisa ancha, y él le tendió su mano invitándola a que se levantara. Lo hizo a su pesar, porque sentía los pies destrozados, y siguieron andando hasta alcanzar el portal de su casa. Con la mirada penetrante de sus ojos negros, Paulo le rogó que lo invitara a subir, pero no se lo pidió con palabras. Volvieron a besarse, besos largos y húmedos con sabor a despedida y a nostalgia. El brasileño le dejó el número de su teléfono móvil y no se marchó hasta escuchar de sus labios la promesa de que lo llamaría.

      Katty no pudo conciliar el sueño en aquella madrugada precedida de besos y secretos. Se levantó una y mil veces de la cama. Tenía mucha sed, una sed que no se calmaba por más agua que bebiera, y los interrogantes sobre aquel desconocido planeaban por su mente como un enjambre de abejas inquietas. La rosa roja que cortó para ella permanecía encima de la mesilla de noche, y se dispuso a ponerla en remojo. Apenas tenía tallo, así que la depositó en un vaso ancho de cristal lleno de agua. Tuvo la sensación de que la flor abrió sus pétalos aún más, cual labios que quisieran hablar, y la miró fijamente mientras flotaba con la elegancia de un cisne en el líquido elemento. Percibió entonces cómo la bella rosa roja le habló del tiempo que se fue para nunca volver, de las oportunidades perdidas, de los placeres rechazados, de los miedos etéreos y de las falsas moralinas que ponen piedras en el camino de la felicidad. Estuvo tentada de coger el teléfono móvil y marcar el número que él le dejó grabado, pero las voces de su raciocinio volvieron a impedírselo. En esta ocasión, rogándole con insistencia que pensara serenamente en la enigmática naturaleza del extranjero.

     Miró sus pies rojos e hinchados y se percató de las muchas horas transcurridas andando sin parar, de la negativa del hombre a entrar en ningún bar y del poco tiempo que había aguantado sentado en alguno de los bancos que se cruzaron durante el largo caminar. Su mente quedó impregnada de la inquietud del desconocido; de su estado de nerviosismo en los cortos ratos en que ella consiguió detener el paseo para reposar sus pies cansados; y del deambular constante de su mirada a un lado y otro de la calle, como si se sintiera perseguido o tuviera miedo de que alguien lo descubriera…

     El resto de la noche transcurrió entre vueltas y más vueltas de un extremo a otro de la cama, intentando dar un respiro a su corazón cansado de latir con tanta fuerza, a sus ojos que parecían no querer cerrarse, a su cuerpo tembloroso y a sus pies machacados. No lo consiguió y, cuando el sol estaba ya en lo alto del cielo azul, se levantó de la cama y se preparó un café bien cargado. No pudo terminarlo porque la sensación de querer vomitar se apoderó de sus entrañas. Tuvo nauseas, unas nauseas familiares, como las que sintió en los primeros meses de su embarazo. Se vio junto al padre de su hijo en aquellos días de la dulce espera, y se preguntó por el tiempo que se fue para no volver nunca del que le habló la rosa. Se recriminó el hecho de que un recuerdo bonito de aquel hombre que posteriormente la hiciera sufrir tanto pudiera aparecer en sus pensamientos mezclado con la añoranza del extranjero del lado oscuro y los secretos de Estado. Quiso que las voces de su interior le dijeran cuándo y cómo dejaría de sufrir por los hombres, y obtuvo la misma respuesta que le daba su amiga Wynie Smith cuando ella le hacía idéntica pregunta: ocurrirá el día que dejen de importante tanto...

                                                                                        RoCastrillo

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25 octubre 2012 4 25 /10 /octubre /2012 16:05

  ...Fue un beso grandioso, tímido y tierno en sus inicios, que se iba haciendo apasionado y hondo...

     Después de unos minutos sentados, el extranjero abrazó a Katty y la besó largamente en la boca. EL CABALLERO MISTERIOSO Fue un beso grandioso, tímido y tierno en sus inicios, que se iba haciendo apasionado y hondo conforme el hombre se percataba de que el recato desaparecía de los labios de su compañera. Allí, en aquel banco, en medio de la calle transitada, Katty se sintió admirada y deseada, querida y respetada, amada e incluso adorada. Tras el largo beso, entrecerró los ojos y permaneció quieta y callada unos minutos. Pensaba en el desconocido que la había hecho sentirse tan inmensa, tan poderosa, tan mujer. Solo por un beso. Porque el tipo no se había atrevido ni siquiera a rozar ninguna de sus zonas erógenas. Ese hecho la incitaba a pensar que estaba ante una buena persona, al mismo tiempo que la voz de su raciocinio le pedía que no confiara, que no se dejara llevar, y le rogaba que no subiera a casa del hombre. Que podía ser un espía, o tener cámaras ocultas para grabarla mientras se amaran y vender las imágenes, e incluso colgarlas en Internet. O también podía ser un terrorista, o un traficante de drogas, “quién sabe qué”, pensaba, y debió transmitirle sus pensamientos a través del silencio. El hombre tomó sus manos de anuncio entre las suyas y la miró fijamente a los ojos.

    beso-katty-1.jpg beso-Katty-extranjero.jpg

   -No temas, Katty. Soy una buena persona. No te preocupes por lo que hago. Al fin y al cabo, no es nada más que un trabajo. Recibo muchas llamadas al móvil y tengo prohibido apagarlo. Viajo mucho, de una punta a otra del mundo, me hospedo en buenas casas y siempre hay dinero en ellas. Me lo has escuchado antes. Dejé de contar cuando llegué a los cuatro mil euros. No importa, el dinero no importa. Lo único que importa es el amor. Y el cariño, y la familia, y los amigos… Esas cosas normales que tiene la mayoría de la gente, y de las que yo carezco. A cambio, dispongo de mucho dinero. Más del que puedo gastarme y del que cualquier persona de clase media se atrevería a soñar.

    -Mira, no sé quién eres ni a qué te dedicas, pero nada de lo que hablas me suena a normalidad. Me marcho, Paulo. Bastantes problemas tengo con los míos.

    Dicho esto, se levantó del banco y se encaminó apresuradamente calle abajo.. Él la siguió. Sintió el ruido de sus pasos y el olor inconfundible de su aliento que, cual aureola invisible, cubría sus sentidos por completo. Volvió la vista y se topó con la penetrante mirada de sus ojos negros… Con el deseo que brotaba de aquellos labios rojos, carnosos y húmedos. Sin palabras, el extranjero la estrechó entre sus brazos y volvió a besarla con esa intensidad que le pertenecía en exclusiva, y a la que ella ni sabía, ni quería ni podía resistirse.

    Siguieron caminando en silencio. Él intentó llevarla de la mano, pero ella se zafó en un gesto instintivo y la escondió detrás de su espalda. Con idéntico gesto instintivo, el hombre aprovechó para abrazarla. Katty volvió a sentir en su cuerpo la fuerza de sus músculos duros. Y, como antes sucediera con sus besos, tampoco supo, ni quiso, ni pudo resistirse. Así continuaron el paseo, ella con su abrazo irresistible, ambos con el silencio mutuo. Silencio que Katty interrumpió para pedir a su acompañante que se pararan en algún bar a tomar algo, porque tenía sed, y él, que continuaba abrazándola, siguió también insistiendo en que subieran a su casa.

    -Acompáñame un rato, por favor. Quiero estar más tiempo a tu lado y los bares no me gustan. Hay de todo en mi casa, ya te lo he dicho. No te haré daño, ni nada que tú no quieras. Te lo juro. ¿No puedes confiar en mí? ¿Tan mala persona te parezco?

    -No, no es eso. Se trata de algo mucho más simple. No subo a casas de desconocidos. No insistas más, por favor. No subiré, espetó muy decidida.

    -De acuerdo. ¿Dónde vas tú? Permíteme acompañarte.

    -A mi casa. Y puedes acompañarme, pero solo hasta la puerta. No consentiré que entres, así que debo asegurarme de que no te pondrás muy pesado. ¿Podrás hacerlo?

     -Desde luego. Como tú digas, princesa, balbuceó.

     -¿Estás sordo, o no entiendes mi idioma? Como vuelva a escuchar ese cuento de la princesa, saldré corriendo y no podrás detenerme.

     -De acuerdo, de acuerdo. No volveré a llamarte princesa, pero sigo sin entender por qué te molesta tanto. ¿Vas a contármelo?

      Katty persistió en su negativa negando con la cabeza. Odiaba que la llamaran princesa porque le recordaba a su segundo ex marido, al padre de su hijo, pero no se lo dijo. A cambio, volvió a pedirle que le desvelara su misteriosa identidad. 

    -Cuéntame tú antes quién eres y por qué te alojas en el Consulado de tu país.

    -Ya te dije que no puedo hablar de mi trabajo. Gajes del oficio. No quiero perjudicarte y podría hacerlo si te convierto en partícipe de mis asuntos...

                                                                                                            RoCastrillo

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23 octubre 2012 2 23 /10 /octubre /2012 17:45

    "...Mi vida tambièn es un secreto de Estado. Como la tuya..."

   Esa noche, Katty Lloyd caminaba a paso lento, en dirección a su casa y ensimismada en sus pensamientos, cuando una voz masculina, con acento extranjero, le preguntó por una dirección. Alzó su vista y se topó con un rostro de piel oscura, ojos negros y profundos, nariz prominente y labios sensuales, rojos y carnosos. Mientras le daba las indicaciones pertinentes, dirigió a aquel desconocido su encantadora sonrisa ancha.

   -No conozco la ciudad y me gustaría pedirte que me acompañaras. ¿Qué te parece?, le preguntó el hombre.

    -Acepto, contestó ella sin vacilar y sin pensárselo dos veces. No tenía nada mejor que hacer

    -Soy un hombre afortunado, entonces. Me llamo Paulo, se presentó él. ¿Y tú?

    -Katty, le contestó mirándolo fijamente a los ojos.

  -Eres preciosa, Katty. Y me has dejado hipnotizado con esa mirada azul. Desde este instante me tienes a tu disposición. Pídeme lo que quieras.

     pareja-calle-2.jpg pareja-calle-madrid.jpg

     -No quiero nada, gracias. Solo pasear y charlar. ¿De dónde eres?

     -De Brasil. La casa donde vamos ahora es el Consulado de mi país.

     -Yo no, vas tú. Me limitaré a acompañarte hasta la puerta.

     -¿Por qué no subes? Hay una piscina fantástica arriba, y todo tipo de bebidas.

     -Gracias. No subo a casas de desconocidos.

     -No voy a hacerte daño, mi princesa. ¿Acaso me ves cara de malo?

     -No, y no vuelvas a dirigirte a mí de esa forma. Ni soy princesa, ni tampoco tuya, le contestó volviéndole a regalar la mirada de sus ojos azules.

     -Tienes los ojos más bonitos del mundo. Quédate un rato a mi lado, por favor.

    -Ya no es posible. Hemos llegado. Me preguntaste por una dirección y te he traído hasta ella. Ahora tengo que marcharme.

    -No te vayas, te lo suplico. Si no quieres subir, me quedo contigo. Podemos dar un paseo en coche. En el garaje tengo un Porsche biplaza a mi disposición. ¿Te gusta conducir?

    -Prefiero seguir paseando, de verdad. ¿Quién eres tú? Me has hablado del Consulado de Brasil, de una piscina, de bebidas y, por último, del Porsche. ¿Puedo saber a qué te dedicas?

    -No, lo siento. Ni siquiera mis padres lo saben. Si te lo dijera te metería en un buen lío, de verdad. No puedo hacerlo.

     -Me dejas patidifusa. ¿Qué ocultas? ¿Altos secretos de Estado, quizás?

    -No insistas, por favor. Además, ahora es mi turno. Me gustaría preguntarte por qué estás triste. Aunque sonrías, he visto la amargura en el fondo de tu mirada azul. Cuéntame lo que te ocurre. A lo mejor puedo ayudarte.

     -No puedes. Y mi vida también es un secreto de Estado. Como la tuya.

     Él le sonrió y le pellizcó la mejilla con ternura. Permanecían de pie, uno frente al otro, junto al gran portalón de madera que, según Paulo, correspondía al edificio del Consulado de Brasil, aunque Katty no vio ninguna señal ni bandera que así lo indicara. Su flamante galán le insistía en que subiera, y ella persistía en su negativa. Volvió a pedirle que, al menos, aceptara el paseo en coche, y Katty volvió a negarse. Pensó en despedirse pero no lo hizo. Algo tenía ese hombre que la atraía poderosamente, y no era su físico. No lo veía especialmente guapo. Tampoco era muy alto ni tenía un cuerpo diez. Delgado, fibroso y de piel oscura, su aspecto se asemejaba más al de un árabe que al de un brasileño. Le sugirió que siguieran paseando y él aceptó. Caminaron durante un buen rato por calles estrechas y rebosantes de ruido y de gente. Apenas hablaron. Intentaban abrirse paso entre la multitud que inundaba el centro de la ciudad, a la vez que se miraban con intensidad y se escudriñaban mutuamente. En ese tiempo, Katty calculó que su acompañante recibió seis o siete llamadas a su teléfono móvil. En la última de ellas escuchó cómo le explicaba a su interlocutor que sí, que había visto el dinero, y que lo dejó de contar al llegar a los cuatro mil, pero que había mucho más. Y que solo había cogido cincuenta. No pudo evitar un gesto de extrañeza y el extranjero lo percibió. En esos momentos la cogió de la mano y se encaminó, casi tirando de ella, hacia un banco libre que había en la esquina de la calle.

     -Vamos a sentarnos un rato. Quédate tranquila, princesa. No voy a hacerte daño.

    -No vuelvas a llamarme princesa. Y no me siento muy tranquila a tu lado. Que lo sepas. Es más: creo que es hora de marcharme, le anunció haciendo ademán de levantarse del banco...

                                                                                        RoCastrillo

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22 octubre 2012 1 22 /10 /octubre /2012 17:29

    ...Deslizó la mano derecha por el vientre femenino y palpó con las yemas de los dedos el clítoris mojado...

    Ese sábado, El profesor de Matemáticas rompió su costumbre de llamar a Wynie con la noche avanzada y tener que esperarla en el bar habitual el tiempo que ella necesitaba para arreglarse, que no solía ser inferior a la hora y media EL SEXO SIN PRELUDIOS. La telefoneó a las 8 de la tarde y se citaron a las 10. Ella, fiel a su hábito de hacerlo esperar, se presentó un cuarto de hora tarde. Nada más verla llegar, el caballero se levantó y corrió a saludarla con un apretado beso en la mejilla y una mirada ávida a los pechos redondos que sobresalían del generoso escote de un vestido ceñido hasta la cintura y con falda de vuelo.

    -Anoche soñé contigo, le confesó al tiempo que tomaban asiento en la barra.

    -¿Por eso me has llamado? ¿Qué soñaste?, lo interrogaba ella.

   -Que saboreaba tus preciosos pechos. Los lamía lentamente, tus pezones se empinaban y me excitaba con tus gemidos. Se me ponía dura como una piedra y te penetraba frente al espejo. Me corría con la visión de tu cara extasiada por el placer. Me desperté mojado y comprobé que mi semen se había esparcido por toda la cama, relataba con los ojos encendidos de deseo.

     200px-French Kiss  atracción

    -Ya. El motivo de tu llamada está claro, comentó ella en tono indiferente.

   -Llevo todo el día pensando en ti. En lo bien que lo pasamos juntos y no solo en la cama. Verte me agrada, nuestras conversaciones me divierten y el tiempo que estoy a tu lado transcurre volando.

    -Me halaga que me lo digas. No sueles expresar tus sentimientos.

    -Tampoco tú lo haces. Hoy quiero recordarte que hace tres años que empezamos con esta relación, o como quieras llamar a lo que hay entre nosotros, apuntó él. 

    -El nombre no importa. Para mi, eres EL AMANTE DURADERO. Emi siempre dice que nos vas a durar más que El Polaco.

     -Lo que diga tu amiga me la trae al fresco. Quiero saber lo que sientes tú.

   -Acabo de decírtelo. En todo este tiempo has sido el único de mis amantes al que sigo viendo. Los demás han pasado por mi vida con la fugacidad del rayo, indicó ella.

    -Lo celebro, expresó él, con el gesto sonriente y su copa de vino levantada para brindar.

    Wynie lo secundó y ese brindis fue el preludio de una noche mágica. El profe, después de invitarla a cenar, la llevó a una elegante coctelería del centro de Madrid y pidió una botella de champán. Sentados en un cómodo sofá para dos, sus bocas intercambiaban bebida y besos y sus ojos desprendían destellos de deseo. Estuvieron varias horas así, las lenguas enredadas, los piropos cruzados y las manos entrelazadas. Vaciaron la botella de champán y salieron al exterior. Una fina lluvia mojaba el asfalto y Wynie se estremeció de frío. Él la tomó entre sus brazos y la llevó pegada a su cuerpo hasta la puerta de su casa. Mientras ella abría el portal del edificio, le preguntó si lo invitaba a dormir.

     -¿Tú qué crees?, le devolvió ella la pregunta adornada por el sonido de una carcajada.

    El profe extendió sus brazos, la tomó por la cintura y la encaramó a su cuerpo. Cargó su peso hasta la misma puerta del apartamento. La bajó para que abriera y, nada más entrar, le pidió que se quitara la ropa.

    -Quítamela tú, le pidió ella.

    Él volvió a cogerla, la llevó en brazos al cuarto de baño y la situó frente al espejo. Se colocó detrás y empezó a desnudarla al tiempo que besaba su cuello y tomaba los pechos con sus grandes manos. Al escuchar los primeros gemidos, deslizó la mano derecha por el vientre femenino y palpó con las yemas de los dedos el clítoris mojado. Se desnudó por completo y el espejo le devolvió a Wynie la imagen de la poderosa herramienta de su amante formando un ángulo recto con el torso.

    El hombre puso a la mujer con las manos agarrando el lavabo mientras la sujetaba por las caderas y la penetraba por detrás. El placer aparecía dibujado en los rostros de ambos que les mostraba el espejo y los jadeos rompían el silencio de la noche. Marcando la cadencia del coito, él entraba y salía de su interior mientras ella relajaba su ser entero para entregarse por completo a las sensaciones de aquella dominación sensual y placentera. Estallaron de júbilo al unísono y él se derramó sobre la espalda de ella. La abrazó y le susurró al oído que ninguna mujer lo hacía tan feliz. Se amaron durante el resto de la noche y parte de la mañana del domingo. En el baño, en el sofá, en la cama y sobre la mesa de trabajo de ella. Él se despidió con un beso profundo y una petición: “no quiero que pase un mes hasta que volvamos a vernos”. Ella le abrió la puerta sin palabras. Sus labios lucían una amplia sonrisa.

                                                                                                                  RoCastrillo

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20 octubre 2012 6 20 /10 /octubre /2012 01:04

   ...Esparció el chocolate por su cuerpo, hundió la cara en su vientre y escarbó el ombligo dulce con la punta de su lengua...

    Cuerpos pegados, lenguas atadas, gemidos que estallaban en los labios y manos que se apresuraban para desabrochar botones. En la cocina del apartamento de Wynie, El Muchacho de Mirada Transparente se relamía sus labios encarnados mientras dejaba al descubierto los pechos redondos y los pezones turgentes de una mujer que le fascinaba y le inquietaba por el hecho de que podría ser su madre. LA EDAD DEL AMOR Admiraba su piel tersa, sus nalgas prietas y la flor rosada que asomaba al pubis, apenas oculta por un vello incipiente.

    La agarró por la cintura y la subió a la encimera de la cocina. Cogió uno de los yogures de chocolate que acababa de comprar en el supermercado MAÑANA DE SEXO INESPERADO, lo abrió y hundió sus dedos en la crema. La untaba cuidadosamente por toda la superficie de los pechos de Wynie con la mano derecha, y con las yemas de los dedos de su mano izquierda rozaba los pezones rebosantes de chocolate que crecían con sus caricias.

        sexo-choco-11.jpg sexco-choco1.jpg 

    La lengua circundó el valle, ascendió a beso lento por la ladera de la montaña marrón y arrastró hacia lo más empinado de la cima desnuda el chocolate que los labios juguetones habían esparcido por la falda de un volcán que entraba en erupción y dejaba el aire inundado del sonido del placer.

    El muchacho cogió a la dama en sus brazos fuertes y la tumbó en el sofá. Terminó de desnudarla, abrió otro yogur y esparció el chocolate por su cuerpo. Hundió la cara en su vientre, escarbó el ombligo dulce con la punta de su lengua, se sumergió hasta el delirio en la piel de ébano que se erizaba conforma la iba surcando con sus labios y, cuando su rostro al completo quedó bañado por el chocolate absorbido del cuerpo de Wynie, lo plantó frente a sus labios. Ella lamió la frente ancha, los párpados suaves y los pómulos prominentes. Limpió el chocolate que le caía por la barbilla con las puntas de los dedos y los introdujo en la boca del niño glotón que los chupaba con avidez. Y el niño envuelto en el deseo del hombre saboreó el resto del chocolate que tapaba el sexo femenino, achuchando el clítoris entre sus labios, absorbiendo cual abeja juguetona el néctar de la flor y deleitándose con el sabor dulzón del agua que salía de las profundidades y se mezclaba con el chocolate...

   Wynie alcanzó varios orgasmos seguidos en aquella orgía de chocolate y cuando los espasmos que estremecían su ser al completo redujeron su intensidad, volvió a la Tierra y vio al muchacho de rodillas frente a ella, con el torso desnudo, el pantalón bajado y su hermosa virilidad estallando bajo el bóxer negro. Sus manos liberaron al prisionero y lo acariciaron. Sus ojos se abrieron de par en par al comprobar admirados que aún crecía más. La hembra salvaje que llevaba dentro no pudo evitar la tentación de seguir el juego del muchacho. Fue a buscar otro yogur, lo abrió y expandió el chocolate por el tallo duro y brillante. Sujetando el escroto con la palma de su mano izquierda y el tronco con la derecha, lamió el chocolate que cubría el pene desde la base hasta el glande. Al llegar a este, lo introdujo por completo en su boca y desplazó la lengua arriba y abajo del frenillo, acompasando los movimientos de su cabeza a los de las caderas masculinas...

    Momentos antes de estallar de júbilo, el muchacho se retiró. Buscó un preservativo en el bolsillo de su pantalón y se lo puso. Se tumbó sobre ella y atravesó su interior resbaladizo con el miembro duro y ardiente. Las caras pegadas, las manos de cada uno apretando las nalgas del otro para hacer la penetración más profunda y las lenguas chupando los restos de chocolate que quedaron en los rostros. Se apretaron tanto que sus cuerpos se fundieron en uno, sus piernas se pegaron como colas de sirena y sus brazos se estrecharon en una unión de jadeos y besos de chocolate que los transportó a un firmamento de lujuria dulce...

    Al término de aquella mañana de orgasmos y chocolate, Wynie se regodeó contemplando la despampanante belleza desnuda del muchacho que descansaba en el sofá. Limpió las huellas de la orgía, ordenó la casa y despertó al muchacho con un beso en los labios.

  -Tienes que marcharte, le susurró al oído. Debe ser la hora de ir a buscar a mi hijo al colegio.

    El joven obedeció y se vistió con premura. Se dieron un beso largo y profundo. Él pellizcó sus nalgas y la despidió con su sonrisa provocadora y el destello de su mirada transparente. Wynie se dio una ducha rápida, se puso un pantalón tejano y una sudadera deportiva y miró el reloj. Tenía que salir corriendo. Faltaban pocos minutos para que dieran las cinto en punto de la tarde. “Hora torera y fin de la fiesta chocolatera”, exclamó con la satisfacción del guerrero que mostraba en su semblante el orgullo de la victoria.

                                                                                                            RoCastrillo

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18 octubre 2012 4 18 /10 /octubre /2012 19:41

   ...La encaramó a su cuerpo y le hizo que sintiera la dureza de su miembro viril...

    Avanzada la mañana, Wynie Smith entró a hacer unas compras en el supermercado vecino a su casa. Pasó por la carnicería, la frutería, el departamento de lácteos y, finalmente, se dirigió a los refrigerados a coger mantequilla. Entonces lo vio, justo a su lado. El muchacho de mirada transparente TURBADA POR UN LIGUE IMPREVISTO  examinaba los distintos tipos de yogures, sin que pareciera tener claro por cuál decidirse. Wynie lo miró de reojo pero no le habló. Echó lo que necesitaba al carro de la compra y siguió su camino. El muchacho la alcanzó y agarró su brazo derecho.

          muchacho-miada-transparente.jpg besazo

    -¿Por qué vas tan deprisa? ¿No pensabas saludarme?

    Estaban frente a frente, él sujetando con fuerza el brazo de Wynie y pretendiendo desafiarla con el destello fulminante de sus ojos transparentes.

    -Suéltame, por favor. Me estás haciendo daño.

    -No me has contestado. Quiero saber por qué te largabas sin hablarme.

    -Dime tú por qué habría de hacerlo, le contestó ella al tiempo que liberaba su brazo con un movimiento brusco y se giraba para evitar el fulgor de la mirada transparente.

    -Estás muy borde. No lo entiendo, con lo bien que lo pasamos juntos. Recuerdo lo caliente que te ponía y cómo se te empinaban los pezones sin apenas tocarte, rememoró en un tono que ella consideró grotesco.

    Tanto, que le dedicó un gesto repulsivo del tipo “que te den” y enfiló a paso rápido el camino de la caja. El muchacho no tardó en escoger un paquete de yogures pequeños de chocolate, llegar a la fila para pagar y ponerse detrás de ella. Wynie sintió en la espalda su presencia poderosa pero no se inmutó. Quería mostrarle indiferencia absoluta. Abonó el importe de su compra, trasladó los artículos del carro del supermercado al suyo propio y abandonó apresurada el establecimiento. En su mente, el repiqueteo de las palabras frías que El muchacho de mirada transparente pronunciara la última vez que se encontraron “adiós, tengo prisa” AMARGO ADIÓS se mezclaba con la frase dedicada a sus pezones que tan mal le había sentado. “Paso del niñato este, por muy bueno que esté”, decía para sus adentros mientras arrastraba el carro de la compra hasta su casa. El muchacho la alcanzó poco antes de que llegara al portal.

    -No te enfades conmigo, por favor. No he pretendido ofenderte. Lo único que quiero es que lo pasemos bien. Invítame a tu casa.

    Wynie no le respondió. Abrió su bolso, sacó las llaves y se dispuso a abrir el portal del edificio. Él la interceptó antes de que entrara. Había cambiado su comportamiento altivo por una actitud simpática y cordial.

    -Vale, yo pongo yogures de chocolate. Mira, los acabo de comprar, le dijo obsequiándola con la provocadora sonrisa de sus labios carnosos y mostrándole la bolsa que llevaba en la mano.

     A ella le hizo gracia la ocurrencia del joven y se dejó arrastrar por la fuerza de la seducción.

     De acuerdo, pasa, cedió.

    Él depositó su bolsa en el carro de la compra de Wynie y lo llevó hasta la puerta del ascensor. Al abrirse, expresó un risueño “pasa, señorita, por favor” acompañado de una galante inclinación de cabeza. En el corto trayecto hacia arriba, la fulminó con una mirada que ella aguantó impasible. Mantuvo los ojos abiertos, recreándose ensimismada en el reflejo de su rostro en el interior de los lagos cristalinos del muchacho.

     Nada más entrar en casa y cerrar la puerta, la encaramó a su cuerpo y le hizo que sintiera la dureza de su miembro viril. La frotaba contra él al tiempo que le susurraba al oído.

     -Estoy empalmado al máximo y te voy a hacer muy feliz, siéntelo, siéntelo, repetía.

      Wynie lo separó con las dos manos.

     -Paciencia, espera un poco. Tengo que guardar la compra, le dijo.

     Wynie abrió el frigorífico y empezó a colocar los artículos adquiridos. Su acompañante se colocó tras ella, alzó su falda, bajó el tanga y pasó su dedo índice por el sexo húmedo.

     -¡Qué maravilla!, exclamó. Me encanta comprobar lo caliente que te pongo. Te deseo. He recordado muchas veces tu precioso chochito mojado. ENCUENTRO ESPERADO... Y DESEADO

       Ella se volvió, cortante.

    -Déjate de rollos. Ya me dijiste una vez que no querías estar conmigo. Hoy nos hemos encontrado y te ha dado el calentón. A mi también, de acuerdo, pero tus palabras sobran. Me gustaría que las evitaras a partir de ahora, ¿entendido?

     El joven no le contestó. La cogió por la nuca, la atrajo hacia sí y le tapó la boca con sus besos...             

                                                                                             RoCastrillo

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16 octubre 2012 2 16 /10 /octubre /2012 00:52

    ...Y la boca de la Cleopatra sumisa y atada chupaba con esmero un glande que sabía a miel y a especias orientales...

    Completamente desnuda y tumbada boca arriba, Olivia observaba ensimismada los adornos barrocos del techo de la lujosa suite. Sus muñecas atadas a los barrotes de hierro negro del cabecero de la cama impedían el movimiento de la parte superior de su cuerpo. EL DESEO DE LA REINA MORA Era la primera vez en su vida que un hombre la había inmovilizado y no sentía miedo. Ni siquiera estaba inquieta. El joven faraón, de pie frente a ella, la miraba fijamente, escudriñando cada centímetro de su anatomía, como si pretendiera estudiar todos los detalles para no olvidarlos nunca.

    -Olivia, Olivia, le susurraba, y a ella el sonido de su nombre en los labios de su amante le parecía música celestial.

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   Sin quitarle los ojos de encima, él se despojó del albornoz blanco, dejó al descubierto su cuerpo fornido y la vista de Olivia bajó del techo para deleitarse con el torso esculpido y la piel oscura, tersa y brillante de la figura masculina que mostraba una erección completa. Embobada en la contemplación de la hermosa virilidad, no se dio cuenta de que él abrió el cajón de la mesilla de noche contigua, sacó un pañuelo de seda azul marino y otro objeto que depositó sobre el mueble. Dobló el pañuelo y lo dejó caer con suavidad sobre los ojos de ella. Tomó entre sus dedos la pluma de ave que dejara sobre la mesilla y la deslizó lentamente por el canal de los pechos de Olivia, que cerró los ojos para entregarse de lleno a las sensaciones del objeto desconocido que acariciaba su piel. Pensaba que se trataba de algo parecido a una pluma, pero no podía verlo y tampoco le preocupaba. Y la pluma ejecutaba un baile sensual sobre su vientre y descendía hasta los labios de la flor cuyos pétalos vibraban al contacto.

       Los ojos de Olivia permanecían cerrados y tapados por el pañuelo azul. Su mente volaba al ritmo de las olas que cruzaban su interior y se esparcían en la orilla del placer. Los labios del joven faraón se posaban sobre los suyos; las lenguas se recibían sedientas de deseo y se fundían en un abrazo profundo e interminable; la pluma se paseaba por la entrepierna femenina, subía hasta las ingles y las cruzaba con un roce sigiloso. Los finos vellos erizados transmitían una corriente de gozo que atravesaba el cuerpo entero de Olivia y estallaba en su cerebro... 

     El joven faraón se encaramó a la cama, devolvió la luz a los ojos de su Cleopatra y situó frente a su boca el esplendor completo de su masculinidad. Le suplicó con las voces del deseo que lo besara, que lo acogiera entre sus labios, que le mostrara el camino y lo transportara al paraíso profundo de su garganta. Y la boca de la Cleopatra sumisa y atada chupó con esmero un glande que sabía a miel y a especias orientales. Empezó a introducir despacio y con maestría el falo ardiente y duro, su respiración acompasada al movimiento suave de las caderas masculinas, la boca que se abría más y más y la lengua que lo agasajaba con sus besos mientras lo conducía hacia dentro.

    Las rodillas del hombre se clavaron en la cama, su cuerpo se impulsó hacia delante y el instrumento al completo llenó la boca de Olivia y tocó las puertas del paraíso. Ella giró el cuello, sus músculos se dilataron y la herramienta cruzó limpiamente su garganta, sin ahogarse ni sentirse incómoda. Así permaneció unos instantes, quieta, las manos atadas a la cama, la cabeza inclinada, sintiendo la virilidad que crecía en el interior de su boca y mirando hacia arriba para deleitarse con la belleza del rostro extasiado del joven faraón. Él se movía como si la penetrara y ella respiraba al compás de sus gemidos.

   El joven faraón salió de su boca y se derramó en sus pechos y su vientre. Extendió cuidadosamente el semen por todo el delantero de Olivia, al tiempo que le decía con voz cálida que era bueno para su piel. Se tendió a su lado y le acarició el clítoris humedecido con su dedo índice. Presionando suavemente, inició un movimiento circular que adquiría velocidad conforme crecían los gemidos de placer de ella. Siguió y siguió hasta que Olivia tensó las piernas y recibió la corriente del orgasmo que electrificó su cuerpo atado de manos. Lanzó un gemido, echó la cabeza hacia atás y respiró hondo. El joven faraón soltó sus ataduras y la besó en los labios...

                                                                                         RoCastrillo 

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11 octubre 2012 4 11 /10 /octubre /2012 20:13

   "Un baño de Cleopatra con leche de burra. Para ti, mi reina", le dijo clavando los ojos en el canal de sus pechos...

    No hizo falta que Olivia se levantara a saludar al joven egipcio. Seguía en la barra de charla con el relaciones públicas del local cuando un camarero le trajo una nota del hijo del embajador. “Me gustaría que te sentaras con nosotros, belleza. ¿Aceptas?”. OLIVIA Y EL JOVEN FARAÓN Ella lo miró y le sonrió. Sus ojos negros le dijeron sí y él se levantó y se encaminó a su encuentro. Al llegar a su lado la besó en la mejilla y le tendió su mano derecha. La piropeó al oído y acarició con las yemas de sus dedos la larga y brillante melena negra femenina.

    -Tienes pelo de faraona, le dijo entretanto se dirigían a la mesa ocupada por el embajador y sus hermanos.

    -Tengo el placer de presentaros a mi gran amiga Olivia, afirmó orgulloso el homenajeado, y los caballeros la miraron y saludaron con gestos de complicidad.

   Y así, entre halagos aderezados con champán francés y bombones, transcurrieron las primeras horas de una larga noche de lujos y placeres en la que cuatro hombres adultos y uno joven se desvivieron por hacer realidad los deseos de una reina mora a la que colmaron de atenciones...

                                          olivia-cleopatra-copia-1.jpg

   Los detalles del grupo masculino con Olivia no pasaron desapercibidos para el relaciones públicas del local que, justo cuando ella salía de la mano del joven egipcio, la despidió con una sonrisa ancha y un “que te diviertas mucho, reina mora”.

   Precisamente, como una reina mora se sentía ella. Más aún, cuando su amigo la invitó a compartir el broche de oro de la festiva madrugada: una magnífica suite en el hotel Ritz. Era el regalo de un orgulloso padre al hijo que cumplía 25 años y pasaría el resto de su aniversario gozando de las mieles de una hembra hermosa y ardiente...

   Un automóvil negro del cuerpo diplomático los llevó hasta la puerta de establecimiento hotelero. Olivia entró orgullosa en la recepción de ese palacio barroco, el hotel más exquisito y con mayor solera de la capital de España. De la mano del joven y apuesto faraón se sentía más alta, como si sus tacones crecieran y su ser entero percibiera que esa noche iba a tocar el cielo con las manos. Nada más entrar en la suite, el anfitrión se dispuso a llenar la bañera de hidromasaje para dos que presidía la gran estancia de aseo.

    -Vamos a empezar nuestra fiesta privada entre burbujas, reina. Voy a pedir que nos suban champán y estoy contigo.

    Ella, sentada en el sofá, liberaba sus pies de los altos stilettos y asintió lanzándole un beso de sus labios rojos. Él terminó de hablar por teléfono y se acercó a su lado. Le quitó la falda con delicadeza mientras besaba su cuello y dejaba al descubierto una medias de seda sujetas por ligueros negros de encaje a los que el hombre dirigía ávidas miradas de deseo. Entre besos y palabras susurrantes llegó el champán y la bañera terminó de llenarse. El muchacho cogió un pequeño frasco del bolsillo de su chaqueta, lo agitó y lo vertió en un agua que al instante se tornó blanca.

    -Un baño de Cleopatra con leche de burra. Para ti, mi reina, le dijo clavando los ojos en el canal de sus pechos.

    -¿Y llevabas el bote en la chaqueta? Si no sabías que ibas a encontrarme. Lo cogiste para la que te tocara, pero no importa. Es un bonito detalle.

    -Me lo dio mi madre antes de salir. Le prometí que solo lo usaría si encontraba a una mujer de verdad. Tú lo eres, la halagó.

    Se amaron sumergidos en las aguas repletas de espuma y teñidas del blanco de la leche de burra. Ardiente y romántico a la vez, el faraón secó con esmero cada pliegue del cuerpo de su Cleopatra y la condujo en brazos a la ancha cama. La tendió completamente desnuda y le pidió que cerrara los ojos. Cogió las finas medias que ella llevaba puestas y las usó para atar cada una de sus muñecas a los barrotes de hierro negro del cabecero de la cama...

                                                                                                                 RoCastrillo

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9 octubre 2012 2 09 /10 /octubre /2012 19:49

 

    ...Recordaba los labios del muchacho recorriendo sus pechos, las manos hurgando en su interior humedecido y la boca roja que la besaba con una pasión inusitada...

    No podía ni verlo ni olvidarlo. El de 28 había telefoneado varias veces a Olivia N sin obtener respuesta por su parte. Incluso se dignó a visitarla en su casa pero ella no le abrió la puerta. Quería apartarlo de su vida y era consciente de que la mejor manera de conseguirlo era no verlo ni hablarle. RELACIONES Y DECEPCIONES (II) Estaba profundamente dolida y convencida de que volver a empezar con él cualquier tipo de relación no le traería nada bueno. Ya lo había hecho en dos ocasiones y no tenía ni ganas ni fuerzas de intentar una tercera. EL REENCUENTRO DE OLIVIA Y EL DE 28

    “Nunca. Donde mejor está es fuera de mi existencia”, reiteraba para sus adentros frente al espejo, mientras se maquillaba cuidadosamente. A continuación peinó con esmero su larga melena negra, que lucía brillante y voluminosa. Se veía muy guapa. “Soy una mujer con poderío, capaz de volver loco a cualquier hombre. No necesito a mi lado un mocoso que me haga sufrir”, le hablaba a un espejo complaciente que le devolvía la imagen de hembra hermosa y segura que quería ver en sí misma. “Adelante. Siempre adelante y pisando fuerte. El pasado es éso, pasado”, se repetía en el ínterin de ponerse la chaqueta, coger el bolso y cerrar con llave la puerta de su casa.

    Esa noche salía sola y no le importaba. Tomó un taxi hacia una lujosa coctelería de la zona norte de Madrid donde conocía al relaciones públicas. Tomaría una copa tranquila, sin más pretensión que la de entretenerse un rato, aprovechando que no le tocaba hacer de madre.

    -La dejo aquí, si no le importa. El local está a menos de cien metros, pero hay un automóvil del cuerpo diplomático parado justo en la entrada. No puedo acercarme, le indicó el taxista.

   -Vaya, contestó Olivia con indiferencia, como si el asunto no le interesara lo más mínimo, aunque celebrara en su interior que la noche empezaba con visos prometedores...

olivia-y-faraon.jpg Faraona                                                         Apresuró el paso hasta la puerta y le sorprendió la amabilidad exquisita con la que la recibieron. No era cliente y no recordaba haber estado más de dos veces en ese lugar. Al acceder a su interior lo entendió todo. Estaba lleno de hombres y las pocas mujeres que había iban acompañadas.

    -Has elegido la mejor noche. Tienes para escoger, le dijo su colega el relaciones públicas a modo de bienvenida.

  Olivia miró a su alrededor: hombres en la barra, hombres en las mesas, hombres por doquier.

    -¿Que pasa aquí hoy, con tanto macho junto?, le preguntó.

    -Egipcios, contestó él. El hijo del embajador cumple 25 años y el padre ha invitado a todo el personal que trabaja a sus órdenes. Masculino, claro, ya sabes cómo son éstos, precisó con un guiño de su ojo derecho. Me han dicho que para los egipcios el cuarto de siglo es una fecha especial, pero la celebran sin mujeres, añadió haciéndose el interesante.

    -¿Y quién es el cumpleañero?, quiso saber Olivia.

    El relaciones públicas señaló al joven con un gesto. Ocupaba la mesa principal, situada a la derecha de la barra donde ellos se sentaban, y rodeada de sendos sofás de piel negra. Estaba acompañado de varios caballeros, todos mayores.

    -El padre y los tíos. Es hijo único, informó el relaciones públicas a una Olivia enmudecida, cuyo rostro se había vuelto rojo tras mirar al muchacho.

     -Te has puesto colorada como un tomate. ¿Es que lo conoces de algo?

     Olivia pensó unos instantes la respuesta.

      -De algo... más, contestó con una sonrisa pícara dibujada en sus labios.

     -Es guapísimo. ¿Acaso te lo has tirado?, la interrogaba el empleado con el retintín cotilla propio de los gays.

     -Yo no cuento esas cosas. Con lo que ya te he dicho tienes bastante, replicó Olivia en tono irónico. Recordaba los labios del muchacho recorriendo sus pechos, las manos hurgando en su interior humedecido y la boca roja que la besaba con una pasión inusitada..LA FARAONA Supo entonces que no se había equivocado.

    -La noche promete, comentó a su colega, ya relajada y sin querer darle importancia al asunto del joven egipcio.

   -Te lo dije cuando llegaste. Y si además conoces al hijo del embajador... ¿No vas a saludarlo?

     -Que venga él a saludarme a mi, contestó Olivia en plan divina.

      Y algo parecido sucedió, aunque eso os lo contaré mañana...

                                                                                                                    RoCastrillo

 

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8 octubre 2012 1 08 /10 /octubre /2012 20:45

    ...La intrépida lengua exploraba y se adentraba en cada rincón del bosque humedecido por la lluvia del placer...

     Mientras la puerta del ascensor permanecía abierta y el Principito tocaba con su lengua el cielo de la boca de Emi, ella empezó a vivir una película entre la realidad y la ilusión. Lo que tantas veces había soñado que ocurriría con su amor platónico se hacía realidad ahora, al lado de otro hombre muy parecido a él aunque más joven. La decisión estaba tomada. No lo rechazaría. EXCESO DE CHAMPÁN

    El hemisferio derecho de Emi, el que potencia la imaginación y la fantasía, determinó que quería seguir el juego de ese Principito de ensueño que había bajado desde su mente al mundo para tocarla aquella noche de sábado...

                                            sexo-coche.jpg

    Tomaron el ascensor dos plantas más abajo. Sin palabras. Emi miraba los bucles rubios del muchacho, su tez blanca y sus labios rosados, dibujados en un rostro tan familiar que le hacía olvidar que estaba invitando a su coche a un desconocido. Pulsó el mando a distancia que sacó del bolso. Se abrieron las puertas del vehículo y ella se sentó en el asiento del conductor. Él se dispuso a entrar a continuación. Emi se echó hacia la izquierda y le hizo un hueco a su lado. El Principito se acomodó y la abrazó. Las caras pegadas y ella intuyendo el próximo acontecer antes de que pasara. Pensó en su lengua lamiéndole la cara como si fuera un animal a su cría y él lo hizo. Chupaba sus mejillas de una forma primitiva, tal como hiciera otra noche ya lejana EL AMOR PLATÓNICO DE EMI ABBOTT en la pista de baile de una discoteca de moda.

    Emi cerró los ojos y se entregó al gozo de la lengua restregando su piel a modo de instinto básico; bajando por su cuello al tiempo que el Principito desabrochaba su camisa y dejaba al aire sus pequeños pechos prominentes; chupando los botones con ansia mientras el agua brotaba de la fuente del paraíso de Emi; y llegando hasta el cofre del tesoro que se abría para recibirla. “Es mi Principito y yo, la rosa de su planeta”, pensaba Emi en los momentos en que la intrépida lengua exploraba y se adentraba en cada rincón del bosque humedecido por la lluvia del placer.

    Apretujados en el asiento delantero del coche y medio desnudos, las manos de ambos se afanaban en la doble tarea de acariciar y terminar de quitar la ropa. Escucharon ruidos y Emi se sobresalltó. Los pasos y las risas de algunos invitados que llegaban a recoger sus vehículos alteraron la quietud y el silencio de aquel aparcamiento hasta entonces solitario. Tuvo la suerte de haber estacionado su automóvil en un rincón difícilmente visible y aún así, no pudo impedir que la perturbara el recuerdo de la experiencia de su amiga Wynie, pillada in fraganti mientras disfrutaba de un rato de sexo en el coche de su amante, un conocido líder político con quien mantuvo una relación prohibida cuando ambos estaban casados MIS AMIGAS

    “Yo no tengo tan mala suerte como Wynie. Nadie me verá y no ocurrirá nada”, pensaba mientras trataba de agazaparse al tiempo que el Principito abría sus piernas y situaba entre ellas su rubia cabeza. No se trataba de un amante experto, pero sí de un aprendiz voluntarioso que se dejaba guiar por las manos de su maestra y la intensidad de sus gemidos. La sedienta lengua del Principito hurgó con delicadeza entre los pétalos de su rosa, que volaron hasta alcanzar aquel planeta paradisíaco que pertenecía a los dos en exclusiva.

    Emi quiso llevar a su Principito al mismo paraíso del que ella disfrutaba y abrió sus piernas para devolverle el regalo. No tuvo que afanarse mucho. Nada mas tocar con su mano derecha el árbol del placer, sintió que su savia brotaba como un torrente y regaba parte de su cuerpo y del asiento delantero del coche.

   -No he podido aguantar. Te deseaba tanto que he disfrutado cuando tú lo hacías. Quería tocar el cielo junto a ti”, le dijo el Principito al oído en un tono que denotaba la ternura del niño y la firmeza del hombre.

    Fueron sus únicas palabras. Se vistió de inmediato. Emi lo secundó y arrancó el coche. Estaba decepcionada y tampoco habló. Ése tórrido y sorprendente encuentro que no llegó a culminar se le antojaba demasiado corto. Estuvo tentada de proponer al Principito que fueran a un hotel a pasar el resto de la noche pero no lo hizo porque escuchó a su otro hemisferio, el izquierdo. El lado racional de su ser, el que le hacía posar los pies en la tierra, la incitó a descartar aquella aventura. Se topó de bruces con una realidad que no le gustaba: su acompañante no era ningún Principito, sino un joven inexperto y ávido de sexo del que ni siquiera recordaba su nombre. Cuando el automóvil pasaba por la Plaza de Colón, el muchacho le pidió que parara y se despidió tal como se habían conocido. Sin palabras y con miradas que indicaban deseos inconfesables...

                                                                                                               RoCastrillo

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  • : Un blog de relatos eróticos y cocina con solera. Nuevos contenidos a diario. De lunes a jueves, las aventuras nocturnas y las conversaciones sobre sexo y hombres de Emi, Wynie, Olivia y Katty. Los fines de semana, recetas elaboradas siguiendo los viejos cuadernos de cocina de mi abuela, escritos hace más de 80 años. Y todos los días, discusiones sobre temas sexuales en la sección "Foro de Debates"
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