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19 enero 2013 6 19 /01 /enero /2013 13:00

    Una receta ideal para una comida familiar

    La receta que presento hoy, pierna de cordero asada, es ideal para una comida familiar. Sale muy sabrosa y permite cualquier tipo de guarnición. Como veréis a continuación, resulta muy fácil de hacer, aunque su preparación debe programarse un día antes.

                                PICT0283.JPG

     INGREDIENTES: Una pierna de cordero, cuatro dientes de ajo, sal, pimienta, aceite de oliva, vino blanco y manteca de cerdo.

    MODO DE ELABORACIÓN: Se tritura el ajo junto con la sal y dos o tres granos de pimienta negra. Se practican varios cortes en la pierna y se unta con la mezcla triturada por toda su extensión. Se moja el fondo de la bandeja del horno con aceite de oliva y se coloca la pierna encima. Se vierte sobre ella un vaso de vino blanco y se deja reposar toda la noche. Antes de cocinarla se pone el horno a precalentar y, entretanto, se distribuyen sobre la pierna varios pegotes de manteca blanca. Se mete en el horno y se deja asar a 180 grados durante una hora aproximadamente. Se trata de un tiempo orientativo. Lo mejor es pinchar la carne de vez en cuando y retirarla del fuego al comprobar que está tierna. Del mismo modo, es conveniente abrir el horno a la media hora y cerciorarse de que la pierna tiene jugo. Si observamos que se ha quedado seca, se riega con vino blanco y se deja que continúe asándose.

    En función de los gustos, se puede servir acompañada de patatas fritas, verduras a la plancha e, incluso, arroz blanco. ¡Que la disfrutéis!

       ¡Feliz fin de semana! Y si es erótico, mejor.

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18 enero 2013 5 18 /01 /enero /2013 16:14

Una Mansión en Praga. Fin del primer capítulo

En medio de la noche, Dusan se despertó sobresaltado al comprobar que estaba solo en la cama.

¡Maaaríííaaaa! ¿Dónde estás, María? ¡Saaaaaaaaaaaaaara!

Nadie contestó a sus gritos. No se percató del balcón abierto. Como un loco, bajó las escaleras a saltos y salió a la calle. Ya no nevaba. Miró a su alrededor y no las vio. Vacías estaban las calles heladas de la ciudad fantasma. Tampoco se escuchaban bombas. Calma total.

¿Dónde se habrán metido?”, parecía preguntarle al cielo, mirando desesperado hacia arriba. Pasaron unos segundos. Bajó la vista y encontró la respuesta.

¡Dios! ¿Por qué lo has permitido?

María cayó boca arriba. Dusan besó sus labios de piedra. No veía la carita de Sara, oculta entre las mantas y los brazos de su madre. Quiso separarla para despedirse de ella, pero resultó inútil. Los cuerpos estaban agarrotados por el frío y las horas transcurridas. Volvió a mirar a María. Un único borbotón de sangre, seco ya en las comisuras de sus labios, indicaba que estaba muerta. Una sonrisa se dibujaba en su cara, como si el sufrimiento hubiera abandonado su cuerpo para siempre. Pensó en la muchacha rubia de largas trenzas que lo había enamorado en la escuela, muchos años antes. Parecía que nada había cambiado, y el rostro de la mujer que yacía en el suelo era idéntico al de la chica de las trenzas. La tapó completamente con la manta que llevaba puesta. No quería que alguien se despertara y mirara su bello semblante inerte. En pijama y zapatillas echó a correr a casa de sus padres. Hacía mucho frío, aunque él no sentía nada. Tampoco lloraba. “¿Es que soy tan malo que no puedo ni llorar?”, se torturaba. Su única pretensión era avisar a los suyos y enterrar a sus muertos antes de que amaneciera.

Alexander supo lo que había ocurrido cuando escuchó los gritos de su hermano en el silencio de la noche. Abrió la puerta y empezó a golpearlo, sin poder contener la rabia.

¡Estaba seguro, te lo dije y tú no quisiste hacer nada! ¡Cobarde de mierda! Has matado a tu mujer y a tu hija. Eres un criminal. ¡Eso es lo que has conseguido con tu guerra, estúpido fanático! Dime dónde están. Quiero verlas ahora mismo.

Los padres, que estaban escuchando todo desde la habitación, salieron a calmarlos.

¡Dusan, Alexander, no os peleéis, no quiero más sangre en esta casa! ¡Es una orden de padre! ―intervino el anciano colocándose en medio de los dos hermanos.

Alexander, fuera de sí y ajeno a las órdenes, cogió a su madre por los hombros y la sacudió con fuerza.

Y tú, ¿no dices nada? Eres la gran culpable de estas muertes, con tanta arenga serbia de mierda. Sabes que Dusan se habría marchado con María si tú se lo hubieses pedido. No lo hiciste porque eres tan miserable como todos los que están ahí afuera, matando inocentes por la mierda de la patria, la puuuta patria.

Tu hermano nunca debió casarse con una croata. Ahora paga las consecuencias.

Y tú nunca debiste haber nacido, ni haberme parido. ¡No!

Se tiró al suelo llorando y pataleando, como un niño pequeño. El padre lo levantó y le frotó la espalda; sabía que eso lo tranquilizaba. Dusan le cogió las manos y le habló serenamente.

No te tortures, hermano, ni me tortures a mí. Ya soy bastante desgraciado. Vete a mi casa. Ellas están en la calle, envueltas en una manta, tal como cayeron del balcón. Cuídalas hasta que yo llegue. Tengo que avisar a la familia de María. Supongo que querrán enterrarlas en el cementerio católico.

Yo te acompañaré ―dijo el padre a su primogénito―. Vete, Sasha, date prisa ―pidió al otro de sus hijos.

Miró de reojo a su esposa, que estaba inmóvil, acurrucada en un rincón con cara de gata escaldada, y salió con Dusan. Alexander, por su parte, recordó la petición que le hiciera María poco antes de morir. Fue a su habitación, cogió su cuaderno de láminas de dibujo y un lápiz de carboncillo. Se vistió y se marchó rápidamente a casa de su hermano.

Dusan se equivocó al pensar que la familia de su esposa le proporcionaría un entierro católico.

Se ha suicidado y no merece el perdón de Dios ―le dijo la madre.

María era la única hija de cuatro hermanos, varones jóvenes que luchaban en el bando croata. Los padres recibieron la noticia como si la fallecida fuera una extraña cuya vida no les importara.

Era tu esposa, ¿no? Pues hazte cargo de ella. Es tu responsabilidad. Mis hijos vienen dentro de dos días. Hay tregua y no pienso amargarles la Navidad. Total, María murió para nosotros hace mucho tiempo. Tú eres el culpable y lo sabes. Márchate. No quiero verte más ―escuchó Dusan de labios de su suegra.

Estaba amaneciendo cuando Alexander llegó a la calle donde permanecían los cadáveres de su cuñada y su sobrina. Se alegró al no ver a nadie. Levantó la manta y miró la cara de María. “¡Se ríe, qué guapa! No parece que esté muerta”, exclamó para sus adentros. Acarició los cabellos rubios de Sara y su orejita pequeña y azul. Retiró con cuidado las mantas que las cubrían y paseó las yemas de sus dedos por los brazos de la madre, que rodeaban el cuerpo de su pequeña. Empezó a dibujarlas tal como cayeron del balcón, la cara de la niña contra el pecho de su madre. “¿Podrían pensar en algo mientras se iban?”, se preguntaba. Sintió escalofríos, pero siguió con su tarea.

María y Sara fueron enterradas en el cementerio ortodoxo, junto a las tumbas de los abuelos Korac. Una sencilla inscripción para el recuerdo: “Amadas esposa e hija de Dusan Korac”, y un funeral solitario. Dusan padre, Dusan hijo y Alexander Korac les dieron el último adiós.

                                mansiòn

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17 enero 2013 4 17 /01 /enero /2013 15:36

Una Mansión en Praga. Extracto del primer capítulo

Sirvieron sopa espesa de legumbres y asado de cordero. María comió poco y permaneció silenciosa y pensativa durante toda la velada. Su esposo la miraba apenado, sabiéndose incapaz de desertar y rezando en silencio para que la guerra terminara, y con ella las desgracias. Hablaron de nimiedades. De lo cara que costaba la gasolina en el mercado negro. De lo difícil que era conseguir leña para calentarse si no venían soldados serbios a traerla, y de desgracias ajenas. De Elena, una vecina que fue novia de Alexander cuando eran más jóvenes, y que ahora vendía su cuerpo a los militares de la ONU a cambio de unos botes de leche en polvo... Bien entrada la noche, se despidieron y marcharon caminando hacia su casa, unas manzanas más arriba. Por un rato, habían cesado los bombardeos. Espesos copos de nieve acompañaron el paseo, aunque María no tenía frío. Pegada al cuerpo de su hombre se sentía en otro mundo. Como de costumbre, el ascensor estaba averiado y subieron andando los once pisos. Ella se tiró vestida en la vieja cama de madera, el único mueble que les quedaba, mientras él acurrucaba a la pequeña entre las mantas que trajo del frente. Esa noche no hicieron el amor y discutieron otra vez sobre la huida. Muy a su pesar, María supo con certeza que su esposo no desertaría. Se durmió cansada de llorar y sin el calor de sus brazos.

Al día siguiente visitaron de nuevo a sus suegros. Mientras Dusan y los viejos jugaban con la niña, ella salió al encuentro de Alexander, que se pasaba las horas pintando la guerra en su habitación. Vio imágenes de cuerpos destrozados por la metralla, mujeres llorosas esperando la cola del pan y soldados de rostro aniñado, cargando pesados fusiles.

Debes marcharte, Sasha, y mostrar al mundo tus dibujos. Alguien tiene que hacer algo para parar la masacre. ¿Es que la prensa extranjera no enseña estas cosas? Yo voy a matarme. No me detengas. No podrás evitarlo. Lo único que te pido es que pintes mi cuerpo inerte y que ese cuadro recorra cada país y cada rincón de la Tierra, para que la humanidad tome conciencia de sus miserias.

María, María, no digas barbaridades. Entiendo cómo te sientes, pero deja de preocuparte. Anoche pensé mucho sobre lo que me dijiste. Hablaré con mi hermano y nos marcharemos a Praga los cuatro. Sara irá al colegio, olvidará todo esto y crecerá como una niña normal. Saldremos adelante, ya verás.

Tu hermano no desertará. Que Dios te proteja, querido Alexander ―le contestó lacónica.

Alexander comprobó la tozudez de Dusan cuando hablaron. El militar amaba a su esposa, pero la guerra, la sangre caliente de sus enemigos y las arengas nacionalistas de sus jefes le habían nublado el cerebro.

María no será capaz de suicidarse ―le dijo convencido a su hermano.

Parece mentira que seas tan iluso o que prefieras creer que trata de amenazarte con sus palabras. El dolor me aprisiona el pecho. No sabes cuánto siento decirte que te equivocas. Ella ha pasado muchas calamidades. Ha vivido sola mucho tiempo y la idea de la muerte está demasiado madura en su cabeza. Si vuelves a la guerra perderás a tu mujer. Y puede que a tu hija también. Advertido estás.

María quiso complacer a su esposo la última noche de su vida. Hicieron el amor lentamente, como en un susurro. Ella escuchó vagas promesas, recibió besos calientes y esperó a que se durmiera. La decisión estaba tomada. Despertó a Sara, la regó de besos y la cogió en brazos.

Mamá te llevará a un mundo mejor, porque papá solo piensa en la guerra. Los abuelos son viejos y no puedo convertirte en una carga para el tío Sasha. Conmigo estarás bien, mi vida, te lo prometo.

¿Dónde vamos, mami?

Al cielo, cariño.

Los ronquidos de Dusan fue lo último que escucharon sus oídos. Envuelta en una manta y con el cuerpecito de Sara estrechado al suyo, se dirigió hacia el balcón. Tenía vértigo, así que no miró y no pensó. Besó a su hija en la frente, la apretó con todas sus fuerzas y se tiró al vacío. Once pisos. “¡Booooom!” Nadie se inmutó. Sarajevo se acostumbró a dormir con los rugidos de las bombas y el estruendo de los morteros, y ningún ruido la inquietaba. Faltaban cuatro días para la tregua anunciada y esperada.

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16 enero 2013 3 16 /01 /enero /2013 14:31

Tal como anuncié, continúo con la publicación del extracto de mi novela Una Mansión en Praga, en el punto donde se quedó ayer

Ni la muerte de Zarco ni el odio de Nadia pudieron con el amor que Dusan sentía por su esposa. Entristecido, se miraba en el azul de sus ojos, secos ya de tanta lágrima derramada. Pasaba las puntas de sus dedos por los párpados suaves y se emocionaba con la visión de esa cara tan bonita, que ni siquiera las grandes ojeras, nacidas en tantos meses de penuria, consiguieron desfigurar. Tampoco la fragilidad de su cuerpo ni la presencia de la niña Sara menguaron un ápice la pasión desbordada. Como locos, como animales en celo, volvieron a amarse sobre la vieja alfombra del salón vacío, cuyos muebles ardieron para protegerlas del insoportable invierno en la ciudad sitiada.

Amor mío, tenemos que ir a casa de mis padres. Las condiciones son cada vez más duras en Sarajevo. No puedes quedarte sola en medio de este horror, con una niña pequeña. Alexander ha prometido cuidaros y he convencido a mi madre para que te acoja de nuevo en casa. Debes perdonar, María. Aunque sea únicamente por nuestro amor y la felicidad de nuestra hija. No quiero dejarte aquí, entre estas paredes viejas y vacías.

No te vayas, Dusan. No me dejes ―le suplicó ella mirándolo a los ojos.

No me pidas imposibles, cariño. El ejército me necesita y me matarían si desertara. Ve a casa de mis padres, por favor. Alexander os protegerá en mi ausencia. Es un buen hombre y te aprecia mucho.

Sasha ―diminutivo de Alexander en el idioma serbocroata―, está desesperado. No creo que aguante mucho en Sarajevo. La última vez que lo vi me dijo que había hablado con Jan, su colega checo. Quiere irse a Praga y es lógico que lo haga. También nosotros deberíamos huir al extranjero. Eres piloto de aviación y no nos moriremos de hambre. Alguien nos ayudará, el mundo no puede ser tan malo. No aguanto más, Dusan. No tengo fuerzas para vivir así. Todos me odian, todos se odian, pero yo soy incapaz de odiar. Estoy enferma, ¿no ves lo delgada que me he quedado y las ojeras que tengo? La llama del amor, de tu amor y del de Sara, es la única razón que ha conseguido mantenerme viva. Por favor, dime que esto es una pesadilla y que mañana despertaré. Que pasearemos juntos. Que saludaremos a nuestros amigos, como siempre; y que no volveré a pasar frío. No soporto más frío. Me muero de frío y ya no tengo nada que quemar ―dijo antes de estallar en un llanto sordo. El llanto de quien está realmente en el límite de sus fuerzas.

Dusan sacó una manta de su petate militar y envolvió a María. Lamió sus lágrimas, besó sus labios resquebrajados y frotó su cuerpo delgado, hasta que una pizca de color floreció en las mejillas de su esposa. Ella sollozaba en silencio y agradecía su calor.

Los Korac recibieron al primogénito como a un héroe. Nadia se deshacía en elogios a su hijo mayor.

¡Tú sí que eres valiente, el orgullo de tu madre, que traerás a Serbia el honor perdido...!

Dusan padre esperaba impaciente que su esposa terminara para abrazar al recién llegado. Alexander, el cobarde, el que se negaba a luchar, acogió a su cuñada y a su sobrina con lo único que podía ofrecerles: su cariño.

¡Bienvenidas a casa! ¡Cómo os he echado de menos! Sara, qué guapa estás. Ya eres una mujercita. Os quiero mucho a las dos. Ten fuerzas, María. Sé fuerte, que esto se acabará. He pensado en ti con frecuencia. ¡Me alegro tanto de verte!

La joven no podía esperar más y lanzó la ansiada pregunta al oído de su cuñado:

¿Vas a marcharte, Sasha? ¿Has vuelto a contactar con tu amigo checo? ―lo interrogaba impaciente.

Sí, María. Jan no tiene inconveniente en recibirme y ayudarme. Su familia es pobre, pero dice que no me faltará un plato de comida. Sin embargo, yo tengo miedo. Siento que si me voy, el viejo Dusan se ahogará en su soledad. Nadia y él se odian en secreto porque mi padre, como yo, detesta esta horrible guerra y sufre por los muertos. Por todos, ya sean serbios, musulmanes o croatas. Por el contrario, ella ―señaló a su madre con una mirada despectiva―, jamás perdonará la muerte de su hermano. Se pasa el día con la oreja pegada a la radio, celebrando las muertes que nosotros lloramos, vitoreando al hijo de puta de Milosevic y anhelando la victoria de la Gran Serbia, de ese sueño inútil que nos está destrozando...

Tienes que ayudarme, Sasha. Debemos convencer a tu hermano para huir juntos, a Praga o a donde sea. Nosotros somos jóvenes y esta guerra ni nos va ni nos viene. La vida nos deparará algo mejor. En algún lugar encontraremos la paz.

María lloraba en el hombro de su cuñado cuando su suegra interrumpió la escena.

¡Vamos, deja de lamentarte y ayuda a preparar la cena! ¡Aprende de tu marido, que lucha por su patria con honor y es capaz de arriesgar su vida con tal de no dejar a uno solo de nuestros enemigos vivo!

Estoy cansada de esta mierda, ¿sabe? Déjeme tranquila. Yo no tengo ningún enemigo porque no creo en esta guerra. Si mi marido fuera valiente, un valiente de verdad, desertaría y me llevaría lejos, con nuestra hija, una criatura de seis años que merece un futuro en paz.

Calla, María. Ya hemos tratado el tema ―intervino Dusan―. Yo me iré al frente y tú te quedarás aquí, esperando mi regreso y que nuestra victoria traiga tiempos mejores.

Prefiero morir antes que vivir en este infierno pasando hambre, frío y calamidades. Si vuelves a la guerra, lo harás por encima de nuestros cadáveres. Del mío y del de Sara. Te he pedido que desertes, y te repito que no tengo fuerzas para seguir viviendo. No me crees y yo ya no tengo esperanzas. Lo único que quiero es morirme.

No hables así, hija ―indicó el cabeza de familia―. Yo no soy más que un viejo inútil, pero hasta ahora no nos ha faltado la comida. Tú vas a vivir con nosotros, con el permiso de Nadia o sin él. Todavía me quedan cojones para proteger a los míos. Eres la esposa de mi hijo y la madre de mi nieta. Y desde que te conocí cuando ibas al colegio con mis hijos, te he considerado lo que acabo de llamarte, María: mi hija.

Si de verdad quiere ayudarnos, pida a Dusan que deje el ejército y nos lleve lejos.

Eso no lo hará nunca ―terció Nadia, que salía de la cocina junto a su hijo Alexander, cargados de utensilios para poner la mesa.

No te metas en sus vidas, madre. Mi hermano ya es mayor. Si decide marcharse con su esposa y su hija, tienes que respetarlo. Por favor, dejemos de hablar de la maldita guerra y tengamos la cena en paz. 

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15 enero 2013 2 15 /01 /enero /2013 18:30

Queridos lectores: 

Tengo el placer de anunciar que mi primera novela, Una Mansión en Praga, está a punto de ver la luz, publicada por la editorial gallega Enxebrebooks. En los próximos días adelantaré en este blog el extracto gratuito destinado a la promoción de la obra, que la citada editorial tambièn publicará en su página web. Deseo que disfrutéis de su lectura. 

                                       mansion.jpg

                                     I. LA DECISIÓN

Alexander Korac, serbio de Sarajevo, llevaba más de un año encerrado en la minúscula habitación que ocupaba en la casa de sus padres. Se negó a empuñar las armas en esa guerra estúpida que jamás entendería y que estaba destrozando familias enteras, la suya incluida. Había pensado muchas veces en abandonar aquel infierno, pero le faltaba valor. Solo cuando vio los cadáveres de su cuñada María y de su sobrina Sara, de seis años, escarchados en el asfalto, decidió que era el momento de huir. Sabía que tardaría siglos en borrar esa imagen de su mente, y dudaba si alguna vez sería capaz de perdonar a su hermano y a su madre.

Dusan, el hermano mayor, piloto de aviación civil, se casó con la bella María, croata y católica, cuando nada hacía presagiar el drama que teñía de sangre y fuego las calles de Sarajevo. Al principio del asedio fue llamado a filas por el Ejército Federal y participaba en el bombardeo de su propia ciudad, mientras su esposa sufría en silencio el abandono de su familia, el desprecio de sus vecinos e incluso de sus íntimos amigos, que la ignoraban por el simple hecho de amar a un militar serbio. Sin saber por qué, Alexander intuyó la tragedia el día que recibieron un escueto telegrama del frente, fechado el 17 de diciembre de 1993: “Tregua anunciada. Vuelvo a casa”.

María recibió a su hombre embargada por la emoción y se entregó a él como una ilusionada adolescente que hace el amor por primera vez. Dusan le regalaba largos y cálidos besos y le pedía entre sollozos que fuera paciente y cuidara a su hijita, porque la guerra no duraría mucho. En la intimidad de la habitación, ella libraba su propia lucha, acurrucada entre los brazos fuertes de su marido. “¿No seré un monstruo por amar a un hombre que participa en la matanza de tantos seres inocentes?”, meditaba al tiempo que sus caricias la consolaban. Intentaba convencerse a sí misma de que lo mejor era no pensar, refugiarse en el cuerpo de su amado los días que tenía la oportunidad de disfrutarlo y acomodarse a la rutina de su encierro cuando él se marchara de nuevo.

Dusan Korac, el padre, recriminaba con frecuencia a Nadia, la madre, el odio que sentía por su nuera.

María no es más que una pobre mujer que lucha contra nuestro abandono y el de su familia. Aún tiene fuerzas para amar a nuestro hijo y criar a la pequeña Sara en medio de este desastre. ¿No puedes encontrar un poco de compasión en tu corazón de hielo?

Nadia no podía. Perdió a su hermano menor en la guerra que enfrentaba a serbios y croatas en la región de Krajina y, cada vez que pensaba en María, imaginaba que un familiar o un amigo de la muchacha habría podido ser el asesino de su querido Zarco. La echó violentamente de casa una soleada mañana de abril de 1992. Ella, enterada por Alexander de la desgracia, fue a darle el pésame y a ofrecerle su consuelo.

¡Vete de aquí, croata indeseable, hija del diablo! ¡No quiero verte nunca más! ¡Nunca! ¡Mejor será que te olvides de mi hijo y de toda nuestra familia! ¿Cómo te atreves a venir sabiendo que el cuerpo de Zarco está destrozado por las balas de los tuyos? ―le gritaba mientras la joven bajaba las escaleras llorando y gimiendo; abrazando y consolando a su hijita que, con igual fuerza, había estallado en llantos. Alexander, asomado a la ventana, también tenía los ojos húmedos. La primavera calentaba su rostro como si quisiera secar sus lágrimas. Sus labios lanzaban besos a María y a Sara, que las dos devolvían acompañados de sonrisas. Encontró la paz en ellas, al menos de momento. Su mente alimentaba negros presagios, que no era capaz de ahuyentar.

                                                                               (Continuará mañana)

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14 enero 2013 1 14 /01 /enero /2013 20:14

    Desnudo, el macho se inclinó sobre la hembra, bajó los tirantes de la prenda roja y descubrió sus pechos protuberantes...

    Nada más despedir a sus amigas, EL CANOSO volvió al salón y se tiró encima de Olivia, que seguía tumbada en el sofá. Cual cazador ansioso por atrapar a su presa, volcó sobre ella todo el peso de su cuerpo y mordisqueó su cuello y sus pómulos. Lenguas enredadas en besos largos y profundos y las manos de él desabrochando la chaqueta de punto negra que ella vestía sobre un sugerente top de seda roja. LARGA FIESTA

                    sensual-Olivia.jpg

   Desnudo, el macho se inclinó sobre la hembra, bajó los tirantes de la prenda roja y descubrió sus pechos protuberantes, que crecían con las caricias de los labios masculinos. Labios que viajaban de los pezones a la boca y manos que despojaban a Olivia del resto de su ropa íntima. Los dedos exploraban el bosque humedecido y abrían los pétalos de la flor cubierta del rocío del placer. El árbol de la vida se introdujo en la tierra blanda que se balanceaba para recibir al tronco que embestía con fuerza, entrando y saliendo hasta regar con su savia blanca la completa extensión del jardín gozoso...

    Con la piel aún erizada por las vibraciones del orgasmo, Olivia escuchó los rugidos de la fiera saciada y comprobó con decepción que su compañero, además de dormir como un lirón, roncaba. Aunque ella también se había quedado satisfecha, el placer sentido se le antojaba excesivamente efímero. No tenía sueño y no sabía qué hacer. Le irritaban los hombres que se dormían un instante después de eyacular y ese hecho, unido a los molestos ronquidos, la incitó a tomar la decisión de marcharse. No quiso despertarlo para despedirse, pero le dejó una atenta nota que incluía su número de teléfono.

     Días después, en vísperas de Fin de Año, Olivia supo por amigos comunes que El Canoso estaba preparando una gran fiesta en su casa para celebrar la Nochevieja. Esperaba que la telefoneara para invitarla, pero esa llamada no se produjo. Ella hizo planes con Emi Abbott que, por supuesto, incluían terminar la noche en El Maligno, donde volvieron a encontrarse. El Canoso entró en el club al despuntar el alba del primer día de 2013, acompañado de varias jovencitas.Olivia estaba en la barra cuando lo vio llegar. Alzó su mano derecha para saludarlo entre el gentío que se agolpaba para pedir bebidas, sin obtener respuesta alguna del caballero, que actuaba como si no la hubiera visto. Y ella, sorprendida por tanto desdén, se hizo paso entre la gente y se plantó justo a su lado, esperando una reacción que no se produjo. Ni un simple “hola” por parte del hombre, que charlaba animadamente con sus amigas e ignoraba por completo la presencia de Olivia.

   -No entiendo su actitud ni sé por qué está tan ofendido. No me marché de su casa sin despedirme. Le dejé una nota, comentó a Emi. Al menos, debería saludar, aunque solo fuera por educación, precisó .

    -No sé de qué te extrañas. Aquí abundan los hombres oscuros, rió esta última.

    -Y maleducados, por lo que veo.

   -Deja de darle vueltas, Olivia. No te preocupes por la reacción de un viejo que no te pega nada.

    -Me caía bien. Pensaba que podíamos ser amigos.

    -Pues te has equivocado, ya lo ves, aseveró Emi.

     Olivia asintió y no volvió a mirarlo durante el resto del tiempo que permanecieron en el club.

   -Pensándolo bien, no me interesa seguir relacionándome con un individuo que se queda dormido después de un buen polvo, aseguró a su amiga.

                                                                                          RoCastrillo

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8 enero 2013 2 08 /01 /enero /2013 20:32

   Degustaba el bombón en los labios de la muchacha mientras achuchaba a Olivia contra su torso...

    Una semana después de la primera vez, OliviaEL CANOSO volvieron a verse, y no porque él la llamara a la vuelta de su viaje de negocios, tal como había prometido. El escenario fue el mismo en que se conocieron: habitación azul de El Maligno a altas horas de la madrugada. Ella estaba con Emi, ambas de pie y de espaldas a la puerta, lo que impidió que lo vieran llegar. Él entró, abrazó a Olivia por detrás y besó con delicadeza su cuello. Ella se volvió para saludarlo y no pudo evitar torcer el gesto al comprobar que su galán estaba acompañado de dos guapas jóvenes, a las que conocía de verlas por el club.

     -Hoy vengo con las chicas, pero no te preocupes. Te las presento y te tomas una copa con nosotros, le dijo él.

    Olivia obedeció y tomó el camino hacia la barra junto a El Canoso y sus dos amigas. Emi se quedó hablando con un nuevo pretendiente al que acababa de conocer: El Montañero, del que tendréis noticias en próximos relatos.

                 Rojo-maligno.jpg

    A lo largo de la noche, Olivia pudo comprobar que su caballero estaba bien solicitado por las dos muchachas que lo acompañaban, aunque dedujo que las atenciones femeninas estaban más relacionadas con su carácter generoso y lo abultado de su cartera que con sus atributos masculinos. “Son jovencitas que solo quieren que les pague todas las copas”, susurró al oído de Emi en un momento en que ambas se cruzaron en el pasillo que separa la habitación azul de la roja. Entre copa y copa y confesiones en esta última estancia, Olivia supo que El Canoso acababa de dejar atrás un larguísimo matrimonio y tres hijos y se dedicaba de lleno a ganar dinero y a vivir la vida, “mi segunda juventud” tal como él mismo reconocía. No se trataba del tipo de hombre que anda mendigando amor, cariño o sexo. Sí, de un galán simpático, buen conversador, generoso y extrovertido. “Un nuevo amigo para echar buenos ratos”, pensaba ella.

   Cuando la madrugada dio paso a una mañana plomiza y El Maligno cerró sus puertas, Olivia dejó a Emi con El Montañero y se dispuso a prolongar la fiesta junto a El Canoso y sus amigas en la lujosa mansión cercana a la Plaza Mayor que ya había tenido el placer de conocer. Volvió a recostarse en el confortable sofá de cuero negro aunque, en esta ocasión, no era la única invitada. Se encontraba entre El Canoso y sus dos amigas. Frente al grupo, una mesa baja de cristal sobre la que reposaban botellas de güisqui y ron, latas de refrescos, una cubitera con hielo y un plato lleno de bombones. La más joven de las chicas cogió uno de ellos, metió la mitad en su boca y acercó su rostro al del hombre, invitándolo con un gesto provocativo a tomar la otra mitad del dulce.

    El Canoso degustaba el bombón en los labios de la muchacha mientras pasaba su brazo derecho por la espalda de Olivia, la arrastraba hacia sí y la achuchaba contra su torso, como si pretendiera hacerle entender que la tenía pegada a él y que la deseaba aunque al mismo tiempo sucumbiera a las mieles de otra. Entretanto estas reflexiones sobrevolaban sus pensamientos, sentía el juego de unos dedos largos sobre las medias de seda que cubrían sus muslos prietos: los de la otra amiga, que la acariciaba distraída con la mano que no sujetaba la copa.

   Olivia es mujer de decisiones repentinas y así, de sopetón, se deshizo del abrazo de El Canoso y se levantó.

    -Me marcho, amigos. Estoy cansada y no me gusta este juego.

     Las dos jovencitas se miraron a los ojos y respondieron al unísono.

   -Mejor, nos vamos nosotras. Os dejamos en la intimidad, precisó la más joven con una sonrisa pícara.

     -Como gustéis, contestó el anfitrión. Os acompaño a la puerta.

    Era la segunda vez que se habían visto y, tal como ocurriera en la primera ocasión, El Canoso y Olivia se quedaron solos en el mismo escenario. La diferencia ahora estribaba en que los esperaba un fin de semana en el que él no debía marcharse a ningún viaje de negocios...

                                                      RoCastrillo

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1 enero 2013 2 01 /01 /enero /2013 13:11

    Un sabroso guiso de pavo para empezar el año

    Un pavo da para mucho, sobre todo si pesa más de 12 kilos, como el que han regalado a mis padres esta Navidad. Utilizamos la pechuga para mecharla PECHUGA DE PAVO MECHADA  y el resto lo troceamos para guisarlo en salsa de almendras, de la manera siguiente:

                                  PICT0295.JPG

INGREDIENTES: Carne de pavo troceada, 1 cabeza de ajo, media cebolla, 50 gramos de almendras, una rebanada de pan, una hoja de laurel, una pizca de pimienta negra, un vaso de vino blanco, agua y sal.

MODO DE PREPARACIÓN: Se echa un cazo de aceite de oliva en las cazuela, se pone al fuego y se refríen los dientes de ajo pelados y enteros, la cebolla picada, las almendras y la rebanada de pan. Una vez sofritos dichos ingredientes, se sacan y se reservan. En el mismo aceite se doran los trozos de carne y, cuando tomen el color característico, se le echan el vaso de vino blanco, una pizca de pimienta negra, la sal y una hoja de laurel y se deja a fuego medio. Mientras el vino se consume, machacamos con el mortero los ingredientes que se habían sofrito y reservado y se diluyen en un vaso de agua. También se pueden pasar por la batidora, aunque la textura de la salsa queda mejor si se hace al estilo tradicional, con el mortero. En el momento en que el vino se consuma, se añade a la carne el sofrito diluido en agua y se deja a fuego lento, con la cazuela tapada, hasta que la salsa tome consistencia y la carne quede tierna. El tiempo necesario oscila entre 30 y 45 minutos. Antes de retirarla del fuego, pinchamos un trozo de carne para cerciorarnos de que ha quedado tierna.

Se trata de una receta tradicional, exquisita y muy recomendable paras la comida de Año Nuevo. Espero que os animéis a prepararla y la disfrutéis mucho. ¡Feliz 2013!

                                                                               RoCastrillo

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30 diciembre 2012 7 30 /12 /diciembre /2012 12:20

Un suculento plato con el ingrediente estrella de las mesas navideñas

El pavo es uno de los platos estrella en las cenas tradicionales de Nochebuena y Nochevieja y su sabrosa carne se puede cocinar de muchas maneras. Este año mi madre ha preparado dos platos suculentos con la carne del citado animal. Ha utilizado la pechuga para mecharla y el resto lo ha guisado en salsa de almendras. Hoy traigo a estas páginas la primera de las dos recetas: pechuga de pavo mechada.

                                      PICT0280.JPG

INGREDIENTES:

Una pechuga de pavo grande, 300 gramos de tocino blanco (si es ibérico, mejor); una cabeza de ajo, media pastilla de concentrado de caldo, aceite de oliva, un vaso de vino blanco, una hoja de laurel, una rama de perejil, harina, sal, pimienta molida y agua.

MODO DE ELABORACIÓN:

Se pelan la mitad de los ajos y se pican muy menuditos. Se corta el tocino en tiras y se pica el perejil, también menudito. Se mezclan en un plato el ajo, el perejil y el tocino y se salpimenta todo junto. Con un cuchillo de punta fina, se agujerea la pechuga de pavo y se introduce en cada hueco practicado a la carne una tira de tocino y un poco de la mezcla del ajo y el perejil. Al término de esta operación, se envuelve la pieza de carne ya mechada en harina y se reserva.

A continuación, en el recipiente donde vaya a prepararse, que puede ser una cazuela grande o la olla exprés, se echa un cazo grande de aceite de oliva y la otra mitad de la cabeza de ajo, con los dientes pelados y enteros y se pone al fuego. Con el aceite templado y antes de que el ajo llegue a tomar color, se añaden la pieza de carne envuelta en harina que teníamos reservada y la hoja de laurel. Se rehoga todo y, en el momento en que la carne y los ajos empiecen a dorarse, se echa el vaso de vino blanco y se deja al fuego hasta que el vino se consuma. Una vez finalizado este paso, se añaden al guiso dos vasos de agua y la media pastilla de concentrado de caldo, y se deja a fuego medio hasta que la carne esté tierna. Si se ha utilizado una cazuela, este proceso puede prolongarse durante unos 80 o 90 minutos. En la olla exprés el tiempo se reduce aproximadamente a la mitad. En caso de utilizar este último utensilio, la recomendación son 30 o 40 minutos. Una vez que la carne esté tierna, lo que debe comprobarse pinchándola, se aparta la pieza en una fuente y se deja enfriar, y la salsa se pasa por el chino. Cuando la carne esté completamente fría, se parte en rodajas de un centímetro de grosor con un cuchillo de cocina bien afilado.

A la hora de comer se sirven las rodajas de carne fría acompañadas de la salsa bien caliente.

Se trata de un plato exquisito para la última cena del año. ¡Espero que os animéis a prepararlo y lo disfrutéis mucho!

                                                                          RoCastrillo 

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27 diciembre 2012 4 27 /12 /diciembre /2012 18:56

  Sus cuerpos se fundieron en uno, sus labios se pegaron y sus lenguas se abrazaron en un beso largo y húmedo...

   Olivia fue a despedirse de sus amigas para marcharse a desayunar con El Canoso y se topó con El de 28, que trataba de interceptar su paso extendiendo los brazos para tapar la puerta de entrada a la habitación azul.  NUEVA CONQUISTA

    -Necesito pasar. Tengo prisa, afirmó, seca y tajante.

   -No me abandones, Olivia, por favor. Dime dónde vas. Te necesito, musitó en tono lastimero, como si se sintiera culpable por solicitar unas explicaciones que no merecía.

    -Busca otra candidata entre todas las de tu amplia corte. Aparta y déjame en paz, espetó ella al tiempo que lo empujaba con fuerza y se dirigía, a pasos agigantados, al sofá que ocupaba el resto del grupo. Él la tomó del brazo y, mirándola a los ojos, le dirigió palabras más suplicantes que románticas:

    -Sabes que LA PRESUNTA IMPLICADA me echó de su casa. No tengo dónde ir. Permite que me quede unos días contigo, hasta que encuentre un sitio de alquiler. No me dejes tirado, por favor.

    -Me voy a desayunar con un amigo y no pienso darte mis llaves. Esperame en la puerta de mi casa o en el bar de al lado, si te conviene. Adiós, se despidió con desdén.

    Emi y Wynie conversaban animadamente con los amigos de El de 28 e interrumpieron la charla unos momentos para desear a Olivia suerte con su nueva conquista. Esta desapareció altiva por la puerta de la estancia y se dirigió hacia la salida del local, donde la esperaba El Canoso.

                                      aventuras bar

    La noche empezaba a clarear para dar paso a una mañana que se presentaba nublada. El rocío humedecía las callejuelas estrechas del centro de Madrid en dirección a la Plaza Mayor y su efecto abrillantador realzaba la majestuosidad de los edificios señoriales. Desde pequeña, a Olivia le gustaba mirar las mansiones e imaginarse las vidas de lujo y comodidad de sus habitantes. Eso es lo que hacía ahora, sin pensar que estaba a punto de cruzar el portalón de acceso a una de ellas.

    El Canoso sacó de su cartera una tarjeta que introdujo en la hendidura de la gran puerta.

    -Una llave moderna para una antigua mansión restaurada, observó Olivia.

    -Así es. Perteneció a mis antepasados y ahora a mí. Las ventajas de ser hijo único, precisó. Pasa, por favor. Estás en tu casa, la invitó con gesto galante.

    Un sobrio patio interior precedía a un amplio salón decorado con muebles de madera noble y cuadros de señores de otra época. El Canoso llamó por teléfono y, cinco minutos después, un camarero uniformado entraba con dos bandejas en sus brazos, sobre las que reposaba un suculento desayuno. El anfitrión pidió a Olivia que se sirviera mientras él tomaba una ducha y se cambiaba. Debía salir en breve hacia el aeropuerto a causa de un viaje de negocios.

    Ella saboreaba bollos y cruasanes recién horneados y bebía a sorbos cortos un oloroso café, al tiempo que sus ojos embelesados examinaban cuadros y tapices, lámparas y armarios. Una decoración que mezclaba con gusto exquisito piezas legendarias con objetos de diseño. “¿Quién es este hombre y qué hacía en El Maligno”, se preguntaba para sus adentros sin acertar a coordinar respuesta alguna.

    El Canoso salió del baño oliendo a perfume caro y elegantemente vestido con un traje de chaqueta color camel que parecía hecho a medida. Sin tiempo para tomar asiento, se sirvió un café con leche que apuró en dos tragos. Se acercó al sofá de cuero negro que ocupaba Olivia, ella se levantó y él abrió sus brazos. Sus cuerpos se fundieron en uno, sus labios se pegaron y sus lenguas se abrazaron en un beso largo y húmedo...

    El Canoso pidió a su invitada que terminara tranquilamente el desayuno y dejara la puerta bien cerrada antes de marcharse. El tenía el tiempo justo para tomar su vuelo. Anotó su teléfono y le aseguró que la llamaría a su vuelta.

    -¿Y eso cuándo será?, preguntó ella.

    -En breve, se limitó a contestar el hombre... Olivia examinó complacida el porte elegante de una figura alta y delgada que se alejaba a pasos largos de la amplia estancia. Escuchó el sonido de la puerta, cerró los ojos y se recostó en el confortable sofá...

                                                                                               RoCastrillo

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