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17 enero 2013 4 17 /01 /enero /2013 15:36

Una Mansión en Praga. Extracto del primer capítulo

Sirvieron sopa espesa de legumbres y asado de cordero. María comió poco y permaneció silenciosa y pensativa durante toda la velada. Su esposo la miraba apenado, sabiéndose incapaz de desertar y rezando en silencio para que la guerra terminara, y con ella las desgracias. Hablaron de nimiedades. De lo cara que costaba la gasolina en el mercado negro. De lo difícil que era conseguir leña para calentarse si no venían soldados serbios a traerla, y de desgracias ajenas. De Elena, una vecina que fue novia de Alexander cuando eran más jóvenes, y que ahora vendía su cuerpo a los militares de la ONU a cambio de unos botes de leche en polvo... Bien entrada la noche, se despidieron y marcharon caminando hacia su casa, unas manzanas más arriba. Por un rato, habían cesado los bombardeos. Espesos copos de nieve acompañaron el paseo, aunque María no tenía frío. Pegada al cuerpo de su hombre se sentía en otro mundo. Como de costumbre, el ascensor estaba averiado y subieron andando los once pisos. Ella se tiró vestida en la vieja cama de madera, el único mueble que les quedaba, mientras él acurrucaba a la pequeña entre las mantas que trajo del frente. Esa noche no hicieron el amor y discutieron otra vez sobre la huida. Muy a su pesar, María supo con certeza que su esposo no desertaría. Se durmió cansada de llorar y sin el calor de sus brazos.

Al día siguiente visitaron de nuevo a sus suegros. Mientras Dusan y los viejos jugaban con la niña, ella salió al encuentro de Alexander, que se pasaba las horas pintando la guerra en su habitación. Vio imágenes de cuerpos destrozados por la metralla, mujeres llorosas esperando la cola del pan y soldados de rostro aniñado, cargando pesados fusiles.

Debes marcharte, Sasha, y mostrar al mundo tus dibujos. Alguien tiene que hacer algo para parar la masacre. ¿Es que la prensa extranjera no enseña estas cosas? Yo voy a matarme. No me detengas. No podrás evitarlo. Lo único que te pido es que pintes mi cuerpo inerte y que ese cuadro recorra cada país y cada rincón de la Tierra, para que la humanidad tome conciencia de sus miserias.

María, María, no digas barbaridades. Entiendo cómo te sientes, pero deja de preocuparte. Anoche pensé mucho sobre lo que me dijiste. Hablaré con mi hermano y nos marcharemos a Praga los cuatro. Sara irá al colegio, olvidará todo esto y crecerá como una niña normal. Saldremos adelante, ya verás.

Tu hermano no desertará. Que Dios te proteja, querido Alexander ―le contestó lacónica.

Alexander comprobó la tozudez de Dusan cuando hablaron. El militar amaba a su esposa, pero la guerra, la sangre caliente de sus enemigos y las arengas nacionalistas de sus jefes le habían nublado el cerebro.

María no será capaz de suicidarse ―le dijo convencido a su hermano.

Parece mentira que seas tan iluso o que prefieras creer que trata de amenazarte con sus palabras. El dolor me aprisiona el pecho. No sabes cuánto siento decirte que te equivocas. Ella ha pasado muchas calamidades. Ha vivido sola mucho tiempo y la idea de la muerte está demasiado madura en su cabeza. Si vuelves a la guerra perderás a tu mujer. Y puede que a tu hija también. Advertido estás.

María quiso complacer a su esposo la última noche de su vida. Hicieron el amor lentamente, como en un susurro. Ella escuchó vagas promesas, recibió besos calientes y esperó a que se durmiera. La decisión estaba tomada. Despertó a Sara, la regó de besos y la cogió en brazos.

Mamá te llevará a un mundo mejor, porque papá solo piensa en la guerra. Los abuelos son viejos y no puedo convertirte en una carga para el tío Sasha. Conmigo estarás bien, mi vida, te lo prometo.

¿Dónde vamos, mami?

Al cielo, cariño.

Los ronquidos de Dusan fue lo último que escucharon sus oídos. Envuelta en una manta y con el cuerpecito de Sara estrechado al suyo, se dirigió hacia el balcón. Tenía vértigo, así que no miró y no pensó. Besó a su hija en la frente, la apretó con todas sus fuerzas y se tiró al vacío. Once pisos. “¡Booooom!” Nadie se inmutó. Sarajevo se acostumbró a dormir con los rugidos de las bombas y el estruendo de los morteros, y ningún ruido la inquietaba. Faltaban cuatro días para la tregua anunciada y esperada.

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Published by abremeloya
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