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16 enero 2012 1 16 /01 /enero /2012 15:45


    ...La mano masculina se deslizó sobre el bosque y alcanzó los humedales...

   Se gustó. Tardó mucho en decidirse y se hubiera comprado cada prenda que tocaba. Le apasionaba la ropa interior, aunque los varones apenas se fijan, desvisten como los leones comen carne o mejor como las aves de rapiña. Al fin se decidió a comprar aquellas bragas verdes que dejaban ver los hemisferios y el sujetador de idéntico color que indicaba la entrada a sus tetas firmes, pese a la edad madura. Estaba segura de sorprenderlo cuando pagó en la tienda. Más aún, al verse plantada frente al espejo tamaño dos puertas que cubría la pared izquierda de su alcoba, la más próxima a la puerta. Admitió su belleza, apreció que estaba muy bien. Se gustó tanto que contempló su cuerpo el tiempo exacto como para recrearse en la suerte, para sentirse bien en su piel. Descalza no pasaba del uno sesenta, pero a él le gustaba esa altura porque, según afirmaba, “no me agrada subirme a una escalera para dar un beso”.

                                             The_Kiss-1896.jpg

    Recreada en su propia figura, satisfecha del resultado, registró con la mirada los detalles de la habitación, de aquel santuario donde esperaba una fiesta. Saliera bien, y por norma salía muy bien, o mal, rara vez, había novedad fantástica: iban a dormir juntos por vez primera en diez años. Esa noche él no saldría de la cama cuando percibiera su sueño profundo. Se iba a quedar toda-la-noche. Saltó de alegría y le dolieron los pies al caer. Se rió. La colcha roja, de seda, bien puesta. La mesa de mimbre, en la otra pared junto a la puerta del cuarto de baño, con las velas y ese espejo que servía para verse durante el maquillaje, aunque no solo. Allí la depositaba en ocasiones y, bajo la exclusiva luz de las velas, usaba y abusaba de sus pezones tan sensibles, tan tiernos, tan agradecidos, tan tersos, tan calientes. La silla donde él dejaba la ropa, en su sitio. El cabecero de la cama, con sus barras. Las máscaras poblaban la alcoba, llenaban muros.

    Volvió a verse con diversos abalorios. Pendientes, eligió y decidió, la gargantilla que él regaló, el reloj..., ¡menos mal qué lo miró! Se hacía tarde. Fin a la contemplación. El avión procedente de Atenas llegaría en dos horas, pero preferible esperar en el aeropuerto. Tomó el vestido azul entallado, ya preparado, y calzó zapato abierto de medio tacón. Mandó un beso al espejo y no esperó el ascensor.

    El encuentro casi mandó parar el aeropuerto, como en huelga de controladores. Hacía año y medio que no se veían y en el intermedio apenas cinco, quizá seis, llamadas telefónicas. El beso duró. No tanto como para ganar un concurso, pero lo suficiente como para llamar la atención del personal. Él abría los ojos para observar el efecto, en ella y en los mirones. Ella lo abrazó con fuerza, dio por terminado el besazo y, mientras él retomaba el equipaje, le susurró que lo quería.

   Antes de arrancar, la mano masculina se deslizó sobre el bosque y alcanzó los humedales. Hubo murmullo de rechazo, incluso referencia al lugar: un vulgar aparcamiento, pero la mano se hundió, el cuerpo se tensó en curva, hombros al respaldo, pies firmes en el suelo, la respiración aumentó el ritmo, el vaho y otros efluvios empañaron el parabrisas y un coro propio y ajeno dejó constancia de un viaje cercano y cierto, momento que él aprovechó para quitar la braga de su lugar. En la mitad de tanta holganza estuvo ella de lanzar una queja, pero se limitó a poner el coche en marcha y a pensar en lo cara que le había salido la pieza verde para que él no prestara atención alguna. Al esperar ante la barrera de salida del parking observó, feliz, que él olía la braga. Se encogió de hombros, eligió el sendero errado y pensó “por lo menos la huele”.

     Marcharon unos kilómetros hablando de política, que era el asunto más recurrente en sus conversaciones desde que empezaron su ya larga aventura discontinúa y tardaron, entre el entusiasmo de los cuerpos y la satisfacción de sus acertados juicios, en percibir que iban en dirección contraria. Él sonrío con la complacencia primaria del seductor presuntuoso: “está en el bote”, murmuró mirando por la ventanilla. Ella notó un fastidio en la mitad del plexo, se llamó tonta por dejarse llevar de los nervios y mostrarse tan entregada a la primera. Por eso le planteó la necesidad de tomar algo. “¿Qué quieres tomar?”. La respuesta fue inequívoca, tierna y dicha en tono medio-bajo: “ A ti”.

     En el ascensor, beso profundo y manos buscadoras. La masculina en el culo pelado, la femenina en la delantera erecta. Maleta al suelo. Sara ante el espejo. Javier tras ella. Tocando, mirándose. Botones que se desabrochan, corbata fuera. Al quitarse la americana Javier saca la braga, le pide que se la ponga y ella ríe hinchada de éxito. Cuando se dispone a meter el otro pie él le muestra una cajita marrón. Casi se cae al suelo de la emoción, sí, pero también de la difícil postura. Optó por ponerse la braga, colocarse frente a él y abrir la caja. Pulsera. Beso, agradecimiento, emoción, lágrima. Momento tierno. Casi el único de la noche.

    Durante la fase previa, al principio de pie, manos que trabajan con ansiedad y agitación, se dijeron ternuras. La lengua de Javier buscó el cogote de Sara y la piel se volvió rugosa; la mano diestra del caballero buscó la cima del placer de la dama para tocar la sonata en re, hasta que Sara se dejó caer en la gloria y en el suelo. Desde allí, el culo en el piso, con esa cara de gozo inconfundible en la mujer cuando se fugaba de si misma, esa que él continúa viendo cuando recuerda sus escaramuzas con Sara, rostro de placer y de vicio, de locura y razón de paroxismo y arrebato, ella inquirió: “A ti no te gusta una buena felación ¿verdad?”. Javier, cínico, triunfante ante la primera prueba de gozo de ella, respondió engrandecido: “Si mi memoria me es fiel, eras tu quien se negaba. Por mi cuando quieras”. Colocó las nalgas en la cama, abrió las piernas, asentó los pies en el suelo. Sara se aproximó arrodillada. La boca. El silencio. La mano en la cabeza. La mano en la teta. La boca llena. Las manos de Sara en las rodillas. La mano busca el humedal. La fiesta de los sentidos. El tacto, el gusto y el olor. Antes de terminar súbito, Javier se aleja. Sara se relame. (Continuará)

                                                                                   Wilhelm von Witch

 

           

 

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Published by abremeloya
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Comentarios

Alborada 01/19/2012 18:22

Qué interesante fue leerte, me quede pegada :), como para volver por aquí...Besos

abremeloya 01/20/2012 09:38



Gracias por tu comentario. Me llena de orgullo y me encantaría que volvieras. Renuevo contenidos todos los días. De lunes a viernes, un relato erótico distinto cada día y los sábados, una receta
de cocina con sus secretos y sus trucos. Espero, pues, tus visitas y comentarios, querida alborada. Besos.



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