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21 agosto 2012 2 21 /08 /agosto /2012 11:44

 

    Empiezo a escribir esta crónica a las 21,45 horas del lunes 20 de agosto. Llevo casi 48 horas sin dormir y una noche entera, la de ayer domingo, caminando por las arenas con la gente de mi pueblo, desde El Rocío a Almonte, acompañando a la Blanca Paloma en un traslado que solo se realiza una vez cada siete años. TRASLADO 2012. EL PRELUDIO

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A la izquierda, la cronista, ataviada con el estilismo caminero. A la derecha, ya en la aldea de El Rocío, poco antes de salir al camino.

    Comencé el periplo en Almonte, sobre las 5 de la tarde, en compañía de mi hermano Carlos. Media hora antes, exactamente a las 16,31, los almonteños saltaron la reja para sacar a su Patrona en procesión por las calles de la aldea, en dirección a un templete situado a la entrada del camino, donde las camaristas, con los últimos rayos del sol del atardecer, procederían a cubrir la venerada imagen con el capote que la protege del polvo de camino, hecho que ocurrió alrededor de las diez menos cuarto de la noche. PICT0140.JPG PICT0153.JPG

A la izquierda, la virgen en procesión por El Rocío, antes de que le pusieran el capote para salir al camino. A la derecha, ya en el camino, llegando al templete del Pinalito

    Como mi hermano y yo, cientos de personas pretendían trasladarse a la misma hora desde Almonte a El Rocío para hacer el camino. La fila de gente para coger el autobús se extendía por tres calles colindantes a la estación. Apremiaban el tiempo y el calor y decidimos tentar a la suerte. Hicimos auto stop y nos pararon de inmediato. Llegamos a la aldea con tiempo suficiente para vivir en directo el primer momento emocionante de la larga noche: la subida de la Virgen al templete para colocarle el capote entre vivas, aplausos y salvas de escopeta. Poco después emprendimos, junto a miles de peregrinos, el largo caminar por las arenas.

    La primera parte del trayecto, unos siete kilómetros, es la más dura. Transcurre por la zona conocida como “las parcelas”, un camino estrecho y arenoso vallado a ambos lados, donde miles de personas caminábamos agolpados a paso rápido, en medio de una tremenda polvareda que impedía la visión, las caras cubiertas por pañuelos y las manos sostenido varas fabricadas con cañas que nos ayudaban a caminar. Los hombres que llevaban a la Virgen sobre sus hombros imprimieron a la marcha un paso rápido y sin paradas. Los pies de los peregrinos se hundían en las arenas y el sudor inundaba los rostros polvorientos. La luna no hizo acto de presencia en una noche calurosa y muy oscura y el denso polvo que penetraba en las gargantas impedía el cante.

    Sobre las dos de la madrugada habíamos cubierto la primera parte del trayecto. Cruzamos la carretera que va desde Almonte a El Rocío y nos adentramos de nuevo en el campo. La segunda parte, El Pinalito, es la más bella del camino. El verde de los pinos y el reflejo de las luces del tractor que iluminaba el paso de La Señora durante todo el trayecto vestían las arenas de un halo dorado y mágico. En el pinar, el camino se expande y el polvo deja una tregua que nos permite contemplar algunas estrellas. La Virgen aminora la marcha y los peregrinos tienden sus mantas bajo los pinos. Es el momento del agua que refresca las gargantas secas por el polvo y de los bocadillos que reponen fuerzas. Acordes de guitarra flamenca y voces desgarradas rompen el silencio de la noche.

    Cuando reanudamos la marcha después de esta parada eché de menos mi palo caminero. Lo había dejado apoyado en el pino donde nos detuvimos. Mi hermano me propuso que volviéramos a buscarlo, pero hubiera sido una tarea inútil. Imposible recordar cuál de aquellos pinos era el nuestro.

    Me tocaba hacer el resto del camino sin ayuda de la vara. Para aminorar el disgusto, Carlos inventó una sevillana como homenaje al palo perdido que nos arrancó unas cuantas carcajadas. La letra es la siguiente: El palo de mi Linaria, que se quedó en el canino/ con sus flores, su glamour y sus luces de los chinos. Estribillo: cuando pasen siete años/ iré a buscarte/ en mi vida he visto un palo/ con tanto arte. La cantamos a dúo varias veces y llamamos la atención de un grupo de peregrinos que había a nuestro lado. Compartimos con ellos cantes y risas, y nos invitaron a unas coca colas que nos dieron fuerzas para enfrentarnos al último tramo del camino.

 Viegen en almonte PICT0160.JPG

Las imágenes muestran a la Virgen en procesión por las calles engalanadas de Almonte, y a la cronista y su acompañante al llegar al pueblo después del camino.

    Sobre las cuatro de la madrugada empezamos a ver las luces de Almonte. Apenas dos kilómetros nos separaban del pueblo. Habíamos cubierto la travesía en un tiempo récord. La gente sacaba los teléfonos móviles para mirar la hora y la sorpresa se extendía por toda la peregrinación. A ese paso, llegaríamos una hora y media o dos antes del amanecer. Conclusión lógica: como hay que esperar a los primeros rayos de sol para descubrir el rostro de la Virgen del Rocío -así lo manda la tradición- el último kilómetro por el llamado Camino de Los Llanos se haría a paso de tortuga. Nosotros decidimos adelantarnos y esperar en El Chaparral, nombre del lugar donde se procede a retirar el capote que cubre el rostro de la Pastora e iniciar la procesión por las calles engalanadas de Almonte hasta la Iglesia.

    La decisión no pudo ser más afortunada. Pasamos por la puerta de la casa de mi colega Rocío Nerea, situada en la misma calle Camino de los Llanos, y su familia nos agasajó con un riquísimo desayuno. Nos aseamos un poco y nos preparamos para el acontecimiento final.

    Dado que esta crónica es “de las arenas”, no voy a extenderme en el relato de la procesión por el pueblo. Solo decir que la Virgen entró en el templo almonteño a mediodía. Después, comida familiar con larga sobremesa, traslado a Matalascañas y baño en el mar.

                                                                                                                       RoCastrillo

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Published by abremeloya
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